Una montaña de primaveras

Cuando Septiembre empieza en Agosto.

De pequeña me encantaban las semillas.

Me reservé un joyero para guardármelas. No sé muy bien cuál era mi plan. Supongo que me estaba montando un jardín.

Pensándolo ahora, cogí tantas que más que para un jardín, probablemente me hubieran dado para un bosque pequeño.

Las guardaba porque me parecía casi mágico pensar que dentro de una cosa tan pequeña podía estar escondido algo muchísimo más grande.

Un árbol. Una flor. Una planta entera que todavía no existía, pero que ya estaba en mi joyero.

Años después me di cuenta de que no era la única que pensaba así.

Unos Noruegos de esos que se cuidan muchísimo las manos habían pensado exactamente lo mismo.

Sólo que a lo grande.

En Svalbard, un archipiélago a unos 1.300 kilómetros del Polo Norte, vaciaron una montaña y la llenaron de semillas. La llamaron La Bóveda Mundial de Semillas.

(Vale que el nombre no se lo curraron mucho, pero les perdonamos, porque la idea es buenísima.)

Recopilan semillas de cada variedad de plantas que se cultivan en el mundo, por si hiciera falta en algún momento repoblar con algún tipo en concreto.

Un trigo que soporta mejor la sequía, otro que resiste inviernos especialmente fríos. Una variedad que sobrevive a determinado hongo…

El conocimiento de agricultores y botánicos de miles de años en una biblioteca bajo el hielo.

ES QUE NO ME PUEDE GUSTAR MÁS.

Muchos lo han llamado la bóveda del fin del mundo. Pero a mí me parece exactamente lo contrario.

Porque nadie guarda una semilla si ha dejado de creer en la primavera.

Y, ¿por qué te cuento esto?

Porque estamos a mediados de agosto y en las próximas dos semanas septiembre va a empezar a asomarse en casa.

Anuncios de la vuelta al cole. Mochilas nuevas. Nuevo uniforme.

Y para algunos niños, a estas alturas del verano, septiembre empieza a pesar.

Yo sé un poco de eso.

A los 13 o 14, unos chicos mayores que yo empezaron a molestarme cuando volvía sola de clase. Yo me ponía los cascos y los ignoraba.

Hasta que un día, ya a final de curso, se encaramaron a la puerta de mi portal cuando yo entré y empezaron a aporrearla y decirme cosas. Fue un poco intimidante en el momento, pero no le di más importancia. De hecho, ni siquiera se lo dije a mis padres o a mi hermana.

Pensé que eran idiotas y punto.

Durante el verano estuve fuera y todo bien. Pero recuerdo que ese agosto, por primera vez estaba como incómoda con la idea de volver a clase.

No los tenía a ellos presentes, la verdad, y aún así la vuelta ese año, se me hizo cuesta arriba.

Cuando algo durante el curso no ha sido fácil para un niño, puede que algo parecido empiece a ocurrir estos días.

Todavía está en bañador. Todavía hay piscina. Helados. Días largos.

Pero puede que él ya no esté igual.

Nuestro cerebro tiene la habilidad extraordinaria de anticipar lo que va a ocurrir.

No necesita que ocurra para reaccionar. Utiliza lo que ya ha vivido para intentar predecir qué va a pasar después.

Si durante el curso pasado el colegio estuvo asociado al miedo, al rechazo o a estar en alerta, no necesita esperar al primer día de clase para ponerse en guardia.

Le bastan unas cuantas señales. Una mochila, la agenda, el olor de los libros nuevos. Que agosto empiece a acabarse…

Esa sensación de domingo por la tarde cuando lo que te espera el lunes no te encanta.

Por eso quizá aparezcan ahora preguntas que llevaban semanas sin aparecer.

Un dolor de tripa, mal humor, problemas para dormir o un:

—No quiero volver.

Y nuestra primera reacción puede ser:

—No pienses en eso, que todavía queda mucho.

Pero el cuerpo es bastante poco obediente a las fechas.

El calendario puede decir agosto, pero igual su cuerpo ya está tenso como si fuese septiembre.

Y aquí vuelvo a Svalbard.

Porque prepararse para algo que pueda pasar no significa necesariamente vivir esperando que ocurra. Puede significar otra cosa.

Por ejemplo, que si pasa, tenemos recursos.

Y eso siempre da paz.

En Alepo, Siria, tenían su propio banco de semillas. (Uno muy importante que cubría toda la región.)

Llegó la guerra y lo dejó inaccesible.

Así que ocurrió lo que hasta entonces no había hecho falta: tuvieron que pedir a Svalbard que les enviasen sus semillas.

Las semillas salieron de la montaña y fueron sembradas en Líbano y Marruecos.

Germinaron. Se multiplicaron. Volvieron a brotar flores.

Y después, cuando tuvieron otra vez suficientes recursos, enviaron nuevas semillas a Svalbard. Otra vez a la montaña.

Por eso me parece buena idea preparar con los niños algunas cosas. Guardar unas cuantas semillas.

Quién es su persona segura, a quién acudir en el colegio, cómo pedir ayuda, qué puede hacer si vuelve a sentirse solo, quiénes sí son sus amigos...

O también:

Qué señales vamos a observar nosotros o qué sabemos ahora que el curso pasado no sabíamos.

Para que, como en Alepo, pase lo que pase, siempre se pueda volver a empezar.

¿No te parece precioso?

Pues para eso sirve el Diario de Valientes.

Durante tres meses los niños van dándose cuenta de sus propios recursos: aprenden a reconocer lo que sienten, identificar qué les hace bien y qué no, pedir ayuda, reconocer a sus personas seguras y celebrar todo lo que van consiguiendo.

No podemos predecir cómo será el próximo curso.

Pero sí aprovechar el final de agosto para llenar su mochila de recursos antes de septiembre.

Guardas con ellos unas cuantas semillas por si en algún momento las necesitáis durante el curso, aquí.

 

En los márgenes

El curso siguiente no volví a tener problemas.

Empecé a explicarle matemáticas a un repetidor bastante malote que había caído en la clase de al lado.

Tan malote que Chuck Norris habría mandado memes de él. Ese nivel.

(En realidad era muy majo, sólo tenía unos hábitos muy cuestionables).

Y resultó que mi casa quedaba de camino a la suya, así que empezamos a volver juntos de clase.

Mano de santo, oye.

Los tres tristes tigres... calladitos en el pajar.

En mi caso las semillas fueron las funciones y las derivadas.

Y es verdad que el malestar del final del verano no me lo quitó nadie. Pero me enseñó una cosa que sirve para cuando se atraganta un final de agosto o un domingo por la tarde:

Que igual que podemos preocuparnos por adelantado, podemos confiar por adelantado.  

No en que todo vaya a salir bien siempre. Eso no lo sabemos.

Confiar en que todavía no conocemos todo lo bueno que va a ocurrir.

Este chico y yo acabamos siendo muy amigos. Pero yo eso no lo sabía al final de mi verano.

Él andaba por ahí. Existiendo. Agobiado porque repetía curso.

Y ninguno teníamos ni idea de cómo nos íbamos a ayudar el curso siguiente.

Ojalá haberlo visto así entonces.

Para ir guardando semillas con tus hijos y practicar juntos lo de confiar por adelantado, es aquí.

Un abrazo,

Naomi

 

P.D. Hablando de confiar por adelantado: el 1 de septiembre sube el precio del Diario de Valientes y se acaba el precio de lanzamiento de 34 € + IVA.

A todos los que habéis confiado en él durante estos primeros meses: GRACIAS. De corazón.

Y si tú todavía estabas pensando en comprarlo, aprovecha agosto. Luego no digas que no te avisé. (Que llevamos toda la newsletter hablando de anticiparnos.)

P.D. 2. Y si quieres que nos veamos también en Instagram, estamos en @cartasdeamorami.

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