Perfecta, fallida, fugaz
Antes de Shakira, hoy nos vamos a Coventry.
Pero antes de eso, te recuerdo que nos vemos el 30. Ya sabes de qué hablaremos (primeras señales, qué observar en nuestros hijos…). Pero lo que aún no sabes es que también hablaremos del Libro Viajero que vamos a escribir juntos, del Club de Lectura o del primer viaje Amorami. Cosas que ya te aseguro que no te quieres perder.
Coventry, decía.
Siglo XI, concretamente. Allí vivía entonces Lady Godiva. Una dama casada con Leofric, conde de Chester, de Mercia y señor de Coventry.
Leofric era un tipo cruel del que se apoderó la ambición, que tenía a sus habitantes sometidos a unos impuestos desorbitados (vamos, como ahora, pero sin agua corriente). Apenas podían comer y las epidemias empezaron a sucederse.
Godiva intentó convencerlo de que dejara de esquilmar al pueblo.
Y él terminó aceptando. Con una condición, claro.
Ella debía atravesar Coventry a caballo desnuda. Sólo podría cubrirse con su melena.
(Lo que hacen el feudalismo y el aburrimiento… En fin.)
¿Qué hizo ella?
Aceptó.
Y aquí es donde la historia se pone interesante.
Porque los habitantes, espantados por la petición del tipo, y agradecidos por la generosidad de ella, se metieron en sus casas y cerraron puertas y ventanas para preservar la intimidad y la dignidad de esa mujer.
Si te fijas, una ciudad entera decidió que la vulnerabilidad de una persona no iba a convertirse en un espectáculo.
Godiva hizo su parte.
Pero Coventry también hizo la suya.
Y eso anuló el abuso.
A mí esto me interesa muchísimo.
Porque hay momentos en los que no somos protagonistas de lo que está ocurriendo. El bullying no le ocurre a nuestros hijos. A lo mejor, ni siquiera se da en nuestra clase.
Pero eso no significa que esté fuera de nuestro entorno y que no tengamos un papel.
Podemos mirar (hace poco se hizo viral un vídeo de unas chicas pegando a otra. Repito: viral. Y no sólo entre chavales. Se compartía en prensa incluso. Nadie lo paró).
Podemos contarlo, grabarlo, compartirlo. Hacer como que no hemos visto nada. Comentarlo indignados.
Pero también podemos decir basta. Afear que se comparta. Ofrecer ayuda. Quedarnos.
No hace falta ser quien hace daño para aumentarlo. Ni quien lo recibe tiene la responsabilidad de disminuirlo.
El entorno también influye. Muchísimo. Ya hablamos del efecto espectador. El tercer actor.
Los que miran.
Y es una situación para la que también se educa. Porque es verdad que a veces los niños no se dan cuenta de que le está pasando esto a un compañero. (Nos pasa a los adultos, cómo no les va a pasar a ellos).
Pero hay un cambio muy pequeño y que está al alcance de cualquiera.
Cuando hablamos de dignidad con nuestros hijos (mejor aún si se lo mostramos con ejemplos) solemos hacerlo hacia dentro:
Que nadie te haga sentir menos. Pon límites. No permitas que te traten de determinada manera. Mira lo que vales.
Todo eso es importantísimo.
Pero falta la otra mitad.
Enseñarles que la dignidad de los demás también importa.
Que igual que hay cosas sobre ti que nadie tiene derecho a quitarte, hay cosas de los demás que tú también puedes ayudar a preservar.
Eso también se educa.
Y se educa, como todo, antes de necesitarlo.
En las conversaciones que tenemos en casa. En lo que señalamos cuando vemos una película. En cómo hablamos de otros. En lo que dejamos pasar y en lo que no. En las preguntas que hacemos cuando vuelven del colegio.
El Diario de Valientes es una herramienta para crear ese espacio y ayudarles a poner palabras, construir criterio y conocerse mejor.
Pero la parte verdaderamente importante ocurre alrededor.
Con nosotros.
Y precisamente de eso quiero que hablemos el miércoles.
No sólo de qué hacer si nuestro hijo es Lady Godiva.
También de qué enseñarle a hacer cuando está detrás de una ventana.
En los márgenes
Shakira está en Madrid. Y aún le queda.
Porque si no tenía suficiente con el Guiness a la gira latina más exitosa de la historia con 422 millones de dólares recaudados (en el récord… ahora lleva más), se ha montado un estadio, lo ha llamado Macondo, como el universo de Cien años de soledad (que para eso era amiga de Gabriel García Marquez y ella no da puntada sin hilo), y se va a hacer aquí la residencia más larga que ha habido en Europa. 12 conciertos. 600.000 personas.
Todo A Lo Grande.
Que se note lo que factura.
¿Hemos ido mis amigas y yo a verla ya?
Por supuesto. Y nos lo bailamos todísimo.
Hubo un momento en el concierto en que ella bromeó sobre un amigo de España que le dijo:
Shaki, con la cara que te fuiste y con la cara que volviste.
Y es que a Shakira la pasearon en un caballo en su peor momento, ¿no? (Me hace gracia que vuelva a aparecer en un mail con impuestos abusivos: no había caído en eso).
Ella se puso a hacer música, que es lo que hace en la vida.
Y de una forma muy sofisticada, por cierto. Porque mezcla lenguajes musicales que en principio no deberían ir juntos y los hace suyos, todo el rato. (Es que no me puede gustar más.)
Como no tenía un disco preparado cuando se le rompió la vida que llevaba, lo fue montando poco a poco. Como se fue recomponiendo ella, supongo.
¿Te acuerdas de la que se liaba cada vez que sacaba una canción? (No en vano, sólo el otro día felicitamos a Piqué 50.000 personas).
Hubo mucha gente opinando con cada lanzamiento. De ella, del daño que le estaba haciendo a sus hijos…
Pero también hubo mucha gente que cerró los postigos y celebramos que volviera a hacer música. Que es lo que ella hace.
Y que cada canción se fuera volviendo más luminosa. Eso también.
Shakira se hizo un Lady Godiva y no se escondió. Y si la alquimia consiste en hacer del plomo oro, ella lo ha hecho.
Y quizá era esa la verdadera alquimia que buscaba Newton: no conseguir que todo salga bien, sino aprender a hacer algo también con lo que sale mal.
Porque, al final, la vida no viene separada en una parte bonita y otra que preferiríamos devolver.
Viene toda junta.
Como la fuga del Chapo (que diría Leiva): perfecta, fallida y fugaz.
Perfecta.
Fallida.
Fugaz.
Las tres cosas a la vez. No una sola.
Y nos pasamos media vida intentando separarlas.
Queremos que todo sea siempre perfecto.
Que lo fallido no ocurra.
Y alargar lo fugaz un poquito más.
Pero en la vida pasan cosas.
Siempre.
(Y mejor que pasen, porque la alternativa no tiene nada que ver con vivir).
Por eso lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es darles suficientes recursos para que cuando pasen, sepan valorar lo perfecto... y lo imperfecto también; atravesar lo fallido y aprender de ello y disfrutar siempre de lo
fugaz (La Vida misma) mientras está ocurriendo.
Y, si podemos, añadir una cosa más: que tengan gente buena alrededor para las tres y ellos lo sean para otros.
Un abrazo,
Naomi
PD: Diario de Valientes, aquí.
PD2: Nos vemos también en Instagram en @cartasdeamorami
Hablar de dignidad es hablar de los ciudadanos de Ceuta. No he encontrado datos fiables después del 20 de Septiembre sobre los niños y el colegio. Debe ser que ya no interesa. En este caso igual hay que abrir las ventanas y mirar.
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