Soy de Soñar

El lugar del que nunca deberías marcharte.

Hans Christian Andersen. A éste lo conoces de sobra. La sirenita, El soldadito de plomo, La princesa y el guisante… El patito feo.

Te sabes muchas de sus historias. Pero ¿te suena la suya?

Pues es otro cuento, de los buenos.

Nació en 1805, en Dinamarca. Sus padres eran un zapatero y una lavandera muy pobres. Su padre murió cuando él tenía once años, así que tuvo que dejar la escuela y ponerse a trabajar.

Tenía una voz prodigiosa, así que a los 14 años, junta unas monedas y se marcha solo a Copenhague, convencido de que va a triunfar.

Pero llega en plena adolescencia. Le cambia la voz y es un chico larguirucho y desgarbado.

No lo quieren de cantante. Ni de actor. Y puede olvidarse de ser bailarín.

Durante tres años sobrevive como puede, viviendo en condiciones muy precarias mientras intenta que alguien le dé una oportunidad. Y se pone a escribir obras de teatro.

También fracasa. Pero ya no tan estrepitosamente.

Un director del Teatro Real se fija en lo que escribe. Pero claro, como dejó el colegio, no sabe escribir bien. Así que el director consigue que el rey le pague la educación.

Él acepta encantado. Pero cuando llega a la escuela a la que lo mandan, se ve sentado con niños más pequeños. Él tenía 17 años. Sus compañeros, 11 ó 12.

Se sentía completamente fuera de lugar.

Y, para hacer más perfecto el cuento, Hans se encuentra allí con un personaje cruel: el director de la escuela.

El tipo lo desanimaba y lo humillaba constantemente. Llegó a prohibirle escribir porque consideraba que era una distracción inútil.

Años después escribió que aquellos años fueron los más amargos y dolorosos de toda su vida. En esa escuela no encajaba.

Como su Patito Feo, que pasó años pensando que el problema era él.

Pero aquellos años, como los del patito, pasaron y cuando salió, ya era un escritor que recorría el mundo y además de cuentos, escribía novelas y libros de viajes.

A aquel director cruel no lo volvió a ver y se hizo amigo de gente como Dickens (otro que tal baila).

Siempre me pregunto qué habría pasado si Andersen hubiera decidido que tenía que convertirse en otra persona para encontrar su sitio.

Supongo que todos, alguna vez, estamos tentados de hacerlo.

Cuando tenía 7 años mis padres hicieron obras en casa. Así que mi hermana y yo nos fuimos a Soñar, la aldea gallega en la que vivían mis abuelos paternos.

(Por cierto, un abrazo al chamán celta que le pusiera ese nombre al sitio, porque ME ENCANTA).

Fue un verano súper divertido: íbamos con mi primo Toño a que las vacas pastaran, hicimos pan, nos despertaron una noche para ver nacer un ternero…

Y había moras y frambuesas por todas partes. Yo alucinaba.

El caso es que una noche nos llevaron a unas fiestas. Habían organizado un concurso para niños y nos subieron a unos cuantos al escenario.

Había como que bailar o algo así y yo me lo estaba pasando genial. Y había regalos. De eso me acuerdo, claro.

Entonces el presentador nos empezó a preguntar el nombre. Imagino que esto lo deduje porque cuando hablaban en gallego, no me enteraba de nada.

El caso es que cuando llegó a mí, me preguntó (en castellano) de dónde era.

—De Soñar.

Es posible que pusiera acento y todo (soy así de jugona).

A todos les hizo mucha gracia. Estábamos en Reboredo, de donde era mi abuelo y todo el mundo allí sabía que yo era la nieta de Paco y Gene.

El caso es que cuando volvimos a casa (yo tan contenta con mis premios, claro), mi abuela me llamó a capítulo.

—¿Por qué has dicho que eres de Soñar?

—Porque si se enteraban de que soy de Madrid, a lo mejor me bajaban del escenario y me quedaba sin regalos.

—Tú puedes decir que eres de Soñar porque eres mi nieta y yo nací aquí. Pero nunca vuelvas a mentir para estar en un sitio. A ti te quiere todo el mundo.

—Es verdad.

—Además, si te hubieran quitado los premios, ya me habría quejado yo, que eras la que mejor bailaba.

—Vale.

Lo sé. Mi abuela molaba muchísimo y encima se llamaba Generosa Rey, que no puede molar más tampoco. (También hacía unas trampas BRUTALES a la Brisca, pero eso es otro tema).

El caso es que durante años pensé que aquella conversación con mi abuela iba sobre decir la verdad. Pero no. Hablaba también de perderle el miedo a no pertenecer.

Para cualquier persona, pero especialmente para un niño, pertenecer no es un lujo social. Es una necesidad biológica.

Estamos programados así para nuestra supervivencia y está perfecto (no parece muy buena idea un niño yéndose solo por la selva).

El rechazo activa en el cerebro redes implicadas en el procesamiento del dolor y en cómo evaluamos nuestra relación con los demás. Cuando un niño siente que puede quedarse fuera, su cerebro lo interpreta como una amenaza importante. No está pensando en autenticidad.

Está intentando protegerle.

Por eso no suele decirse: "Voy a dejar de ser yo."

Hace algo mucho más pequeño. Y mucho más peligroso, claro.

Deja de levantar la mano. Dice que ese libro ya no le gusta. Se ríe de la broma que le hizo daño. Se pone la ropa que llevan los demás. O dice que es de otro sitio.

No porque haya dejado de ser él.

Sino porque su cerebro está intentando responder a una pregunta mucho más urgente: ¿Qué tengo que hacer para que no me dejen fuera?

Ésa es una de las heridas del bullying.

No sólo hace sufrir. También puede enseñarle al cerebro que esconder partes de uno mismo es la forma más segura de seguir perteneciendo.

Y cuanto más veces lo repetimos, más fácil resulta olvidarnos de quién éramos antes de empezar a escondernos.

Creo que eso fue lo que mi abuela quiso evitar aquella noche.

No estaba sólo corrigiendo una mentira.

Me estaba enseñando que hay lugares a los que uno puede mudarse.

Y otros de los que nunca debería irse.

Uno mismo, por ejemplo.

Y entonces, a lo mejor tu abuela no es de la misma aldea de la mía, pero quizá resulta que tú también eres de Soñar.

Si quieres empezar esa conversación con tus hijos, el Diario de Valientes nació exactamente para eso. Lo compras aquí.

 

En los márgenes

Hay una palabra japonesa que me encanta.

Se dice ibasho (居場所).

No tiene una traducción exacta, pero es el lugar donde te sientes completamente en casa y libre.

Algo así como "el lugar al que perteneces".

Y no habla de un país, claro.

Ni de una ciudad.

Ni siquiera de una casa.

Habla de ese sitio donde puedes estar sin tener que fingir.

Donde no tienes que esconder una parte de ti para que los
demás te acepten.

Siempre que la leo me acuerdo de lo que te he contado de mi abuela.

Porque aquella noche no me enseñó de dónde era.

Me enseñó cuál era mi ibasho.

Me gusta pensar que eso es también es la Isla de Amorami.

Un lugar al que un niño pueda volver cuando el mundo le haga creer que tiene que ser otra persona. Y está aquí.

Un abrazo,

Naomi

PD: Para vernos, además de leernos, quedamos en Instagram en @cartasdeamorami.

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