Te propongo un juego.
Puedes hacerlo con tu hijo. O tú solo.
Si quieres, pon una canción de fondo. Starman, de Bowie, es perfecta para donde vamos.
Respira profundo.
Y súbete a una nave. Llevas un traje espacial. Te queda bien. Siéntate, ponte el cinturón. Y relájate, que empieza el viaje.
Apareces en otro planeta. Uno muy lejano.
Puede que haya extraterrestres. Incluso puede que se parezcan a los humanos.
Es tu planeta, así que es como tú quieras. Mira alrededor y deléitate, porque tiene todo lo que te gusta y está bien.
Y ahora imagina:
¿Cómo es tu vida allí? No hace falta que lo pienses mucho. Sólo cosas que se sientan bien.
¿Cómo eres tú?
¿Dónde vives?
¿A qué dedicas tu tiempo?
Lo que quieras.
Ahora vamos un poco más allá. Un poco más loco.
Ahora justo estás haciendo algo que te encanta y te lo estás pasando genial.
¿Qué te ves haciendo?
Si estabas ensayando una canción…
imagínate en un estadio en el que no se ve el final.
imagínate en un estadio en el que no se ve el final.
Si estás bailando…
imagínate en el centro del escenario. O de una fiesta.
imagínate en el centro del escenario. O de una fiesta.
Si te gusta construir…
imagínate creando algo enorme. O muy delicado.
imagínate creando algo enorme. O muy delicado.
Lo que quieras. De verdad.
Te sientes bien con lo que estás haciendo. Súper bien, de hecho.
Y te mereces todo eso tan bueno que estás sintiendo.
Obsérvalo y disfruta un momento de cómo se siente en tu cuerpo. En tu espalda, en tu pecho, en tus brazos, en tus manos… Saboréalo.
Ahora vuelve a la nave. Siéntate, ponte el cinturón. Y relájate, que empieza otra vez el viaje.
Volvemos a casa.
Llevas tu ropa otra vez. También te queda bien.
Y ahora piensa en lo que vas a hacer este finde o la semana que viene.
¿Hay algún momento en el que vayas a hacer algo que te encante y con lo que sepas que te lo vas a pasar bien?
No tiene que ser todo el tiempo. Ni tiene que ser algo grande como el concierto interespacial que quizá acabas de dar.
Algo sencillo. Bailar un martes por la noche. Salir a correr. Tomarte un café al sol. Hablar con tu hermana.
Lo que sea que te haga sentir bien a ti.
Y ahora pregúntate:
¿la sensación de disfrute con eso que viene… se parece en algo a la del otro planeta?
Y si no es igual… ¿hay tanta diferencia?
A partir de aquí, pasa algo interesante.
Ahora ya sabes que existe tu planeta y sabes cómo ir. Así que puedes volver cuando quieras y conectar con lo que te hace sentir súper bien.
Porque en ese otro planeta todas las posibilidades están abiertas.
En realidad, pasa como en nuestra infancia.
Antes de que nadie nos dijera que hay cosas que no son razonables.
Antes de que vinieran a descafeinarnos.
Y quisieran convencernos de que nos conformemos con lo que hay.
Como si lo que hay… fuera todo lo que puede haber.
Este ejercicio con los niños nos ha servido para algo muy concreto.
Ayudarles —a ellos y a su sistema nervioso— a reconocer cómo se siente exactamente la ilusión.
Cómo se siente en el cuerpo.
Cómo se ve cuando la escriben.
O cuando la dibujan.
Y, también muy importante: la validamos. La validaron ellos y también sus padres.
Por eso llamamos al ejercicio el termómetro de la ilusión. Y cuidadito con ellos, porque ahora van a usarlo.
Ahora tienen un estándar. Un punto claro. Una estrella polar.
La referencia de algo que les encanta.
Un sueño loco, que además sus padres validan.
Y lo llevan en el cuerpo.
Por eso esto cambia todo.
Porque ahora pueden comparar.
Pueden ver dónde se quedan otras opciones.
Esas que el entorno (y a veces también nosotros, sin darnos cuenta) les presentamos como razonables.
Y decidir desde otro lugar. Aunque sea en cosas pequeñas, primero.
Ese tipo de cosas son las que trabajamos, durante tres meses, con el Diario de Valientes.
Con ejercicios sencillos que les permiten reconocer su propio relato y su confianza se vaya afianzando en su cerebro y su sistema nervioso.
Por eso, de hecho, se escribe a mano.
Y para nosotros los adultos…
recuperar esos niveles loquísimos de ilusión también se puede trabajar.
No hace falta cambiar la vida entera. Al menos, no de un día para otro.
Si esta semana no tenías planeado nada ni remotamente de otro planeta,
ya sabes por dónde empezar.
Mete en tu agenda algo que te acerque, aunque sea un poco, a esa ilusión que has sentido.
Una cosa. 20 minutos si es todo lo que puedes.
Un escalón cada vez.
Porque soñar en grande está bien.
Pero vivir en grande…
es imbatible.
—
En los márgenes
La semana pasada os recomendé la peli de Ballerina, que es la que habíamos visto y comentado con las familias que ya están en el círculo Amorami.
Si aún no la habéis visto… no os entiendo. 😊
Es un peliculón. De verdad.
Como estabais avisados, voy a hablar de ella. Ojo, que hay spoilers.
(Bueno, tampoco tanto, que habéis tenido como 10 años para verla…)
Es la historia de una chica huérfana que se busca la vida para entrar (y mantenerse) en la escuela de danza de la Ópera de París.
Nada fácil. Nada razonable. Todo necesario.
Como genialidad de película que es, tiene su buena batalla de baile. Con música de Demi Lovato. Maravilla.
(El link es spoiler premium, pero no me resisto a ponéroslo).
La batalla no va sólo de técnica. Va de quién es cada una.
Hay un momento en que Felicie, que es como se llama la prota, cae.
Y durante un segundo, parece que se ha acabado. Que Camile gana.
Y ahí es donde pasa todo.
No en el salto.
Antes.
Cuando duda.
Cuando no sabe si puede.
Entonces ve a Odette, la bailarina retirada que le ha enseñado a bailar después de que ella le diera la chapa para que la ayudara.
Odette no hace nada grandioso. No le da un discurso.
Sólo está ahí. Y le recuerda algo muy simple: que ella puede.
Y entonces Felicie salta.
Ese salto espectacular en el que los bailarines convierten el impulso en vuelo y crea la ilusión de que están suspendidos en el aire.
Lo habéis visto seguro. Grand Jeté, se llama.
Solo cómo están jugados los movimientos de los dedos y la luz en ese momento… son tres Óscars.
Pero no es espectacular por eso.
Es espectacular por lo que hay detrás.
Felicie salta porque ha recordado quién es. Porque ella es bailarina. Y las bailarinas hacen grands jetés. Claro.
El caso es que aunque ella es la que salta, no ha llegado ahí sola.
Nadie lo hace.
Todos necesitamos una Odette de vez en cuando. (Y un Víctor, probablemente... pero dejo de haceros spoilers).
Personas que vean en nosotros lo que aún no alcanzamos a ver.
Que sostengan ese momento justo antes.
Ése en el que decides si te haces pequeño…
o saltas.
Y durante un tiempo (mucho, si tenemos suerte), ese alguien somos nosotros para nuestros hijos.
Hasta que un día, sin darte cuenta, saltan solos.
Y entonces sí.
Magia.
Si quieres ser Odette para vuestros hijos, algún otro niño, o para ti mismo, es aquí.
Un abrazo,
Naomi
Naomi
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