Y por qué no tiene nada que ver con moda.
Hoy, además del día de Madrid, es también el Día Internacional de la Prevención del Acoso Escolar. ¿Me ayudas y le reenvías este mail a algunos de tus conocidos y amigos y así seguimos dando a conocer el proyecto? ¡Gracias de antemano!
Y ahora, lo que te quiero contar hoy.
Cuando Gabrielle Chanel era pequeña, vivió en un orfanato en la abadía de Aubazine, en el centro de Francia. Allí aprendió a coser. Puntada a puntada. Despacio. Como se aprenden las cosas que luego se recuerdan siempre...
Allí había unas vidrieras con un dibujo muy simple: curvas negras que se repetían y se entrelazaban. Sospechosamente parecidas a la C que luego sería su símbolo.
Pero el logo de Chanel no fue lo único que sacó de sus días de orfanato. También decidió algo más. Cambió su nombre. Se añadió ‘Bonheur’, que significa Felicidad.
Como si ya entonces estuviera eligiendo quién quería ser. Toda una declaración de intenciones.
Después se hizo mayor y empezó a ver mundo. Y algo le llamó la atención.
Las mujeres no se movían apenas. Iban derechas. Rígidas. Apretadas.
Encorsetadas.
El corsé era lo normal en aquella época. Lo elegante. Lo que había que ponerse.
Y entonces pasó algo importante.
Ella volvió a elegir, como cuando se puso el apellido con el que se identificaba.
Se dijo: “esto no me encaja.”
No era cómodo. No era natural. Y desde luego, no le dejaba
ser era ella.
Probablemente como la etiqueta del orfanato, que suena a muchas
cosas, pero no a felicidad.
Decidió no aceptarlo tampoco.
Y a partir de ahí, empezó a cambiar cosas.
Quitó rigidez a las cinturas. Quitó capas a los vestidos. Y dejó espacio para que las mujeres se movieran.
Después, añadió otras cosas que le hacían falta a ella.
Por ejemplo, una cadena a los bolsos, que, hasta entonces, eran de mano.
Ella no quería llevarlos en la mano. Quería moverse. Tener las manos libres.
Esto puede parecer pequeño, pero no lo es.
Porque cuando tienes las manos libres puedes hacer cosas.
Y sin darse cuenta, rompió un patrón. Añadiendo, paradójicamente, una cadenita. Pequeña. Pero suficiente.
Porque resultó que había otras mujeres queriendo también hacer
cosas. Y con ello cambió lo que muchas mujeres aceptaban como normal.
Por eso es tan importante dar ejemplo.
Porque si un niño se da permiso a sí mismo para ponerse el apellido Felicidad, o Valiente… otros lo ven.
Y de repente, esas otras cosas o comportamientos que no encajaban del todo y que veían como “normales”, quizá dejen de serlo.
Antes quizá eran corsés o bolsitos de mano para una parte de
la sociedad.
Ahora es dejar a un compañero aislado, reírse de una burla... o son pantallas, respuestas rápidas, presión.
Lo que se hace sin pensar y porque toca, casi. Todo eso que se nos acaba haciendo normal y con lo que ojo con ir contracorriente, que queda raro.
Lo que hablamos otro día sobre que tu hijo no esté en el grupo de WhatsApp…
Y quizá precisamente por eso debemos ir un poco más a contracorriente. Quitarnos corsés. Dejar espacio. Pararse y pensar:
“¿Esto va conmigo?”
“¿Esto lo acepto?”
“¿Esto es normal… o me he acostumbrado?”
Porque a veces vamos tan deprisa que no lo hacemos. Y si no lo hacemos nosotros, ¿cómo vamos a esperar que lo hagan nuestros hijos o los niños que tenemos a nuestro alrededor?
No es fácil, ya lo sé. A mí también me cuesta. Pienso, que como todo, se puede entrenar.
Se entrena, por ejemplo, cuando no le damos la respuesta a nuestros hijos directamente. Cuando les devolvemos la pregunta y esperamos a que respondan (esto a mí a veces me cuesta mucho mucho…). Cuando les dejamos espacio para escucharse.
Y claro, también cuando nos los damos nosotros. Porque si no damos ejemplo, ya sabes lo que pasa… ya puedes decir misa.
Por eso en el Diario de Valientes no damos respuestas.
Hacemos preguntas para que aparezcan las suyas.
Para que puedan decir: “esto sí”, “esto no”, “esto no puedo seguir aceptándolo”.
Porque un niño que aprende a hacer eso, no necesita ningún corsé.
Puedes descubrirlo aquí.
En los márgenes
Hoy prueba esto:
Piensa en algo que das por normal.
En tu vida.
O en la de tu hijo.
Y pregúntate: “¿De verdad lo es?”
No hace falta cambiarlo hoy. Con un pequeño ajuste es suficiente.
Como la cadenita del bolso.
A veces, todo empieza ahí.
En un pequeño: “esto no.”
Y mira qué pasa.
Un abrazo,
Naomi
PD: Para practicar en casa sobre lo que aceptamos y lo que no, y añadirle a tu nombre el apellido Valiente, es aquí.
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