Odile: El cisne negro

Lo que no queremos creer que existe. 

La semana que viene vuelven los niños al colegio.

Es posible que tú también estés preparando mochilas, uniformes y horarios.

A menos que estés en Ceuta, donde igual lo que te estás planteando es si llevarlos, dado que parece que el derecho a la educación, la seguridad o la libertad de los niños ceutíes es menos universal (o cuanto menos, cuestionable) que el de los demás.

En fin.

Por eso hoy quiero hablarte de cisnes.

Durante siglos, en Europa creíamos que todos los cisnes eran blancos. De hecho, los romanos acuñaron la expresión “cisne negro” para referirse a algo imposible o que no podía existir.

Hasta 1697.

Ese año, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales envía una expedición a Australia a buscar pistas de uno de sus barcos, hundido años atrás en la costa occidental.

Willem de Vlamingh, que lideraba la expedición, cuenta que después de meses navegando, algunos hombres de la expedición deciden explorar un río.

Y entonces lo ven: un cisne negro.

Negro antracita. No gris. No blanco sucio.

Negro y con el pico rojo.

Y después, otro. Y otro más.

Y resulta que no eran una rareza. Encontraron bandadas.

Tantos, que De Vlamingh terminó dando al río el nombre de Zwaanenrivier.

El río de los Cisnes.

Debió de ser una imagen extraordinaria. Porque aquellos hombres no estaban viendo simplemente un ave nueva.

Contemplaban algo que, según todo lo que sabían hasta ese momento, creían que no podía existir.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Nadando delante de ellos.

Y me parece fascinante porque los humanos nos seguimos inventando cisnes negros continuamente.

Está, por supuesto, Odile.

El cisne negro más famoso de la historia; el de El Lago de los Cisnes.

Odette (el cisne blanco) es una princesa convertida en cisne cada día por el hechizo de un brujo.

Obviamente, el hechizo sólo se rompe con el amor verdadero, como en los cuentos buenos.

El príncipe Sigfrido se enamora de ella.

Pero entonces aparece Odile.

El cisne negro.

Es igual que Odette, pero no es Odette. Es en realidad la hija del brujo que ha hechizado a la princesa, convertida por él en una copia de Odette para engañar al príncipe (como Úrsula en la Sirenita, vaya).

Como Sigfrido no puede imaginar que exista nada malo en Odette, no es capaz ver que se comporta diferente, la confunde con ella y, al jurarle amor eterno a Odile, traiciona sin saberlo a Odette.

Drama.

Odette queda condenada a seguir convirtiéndose en cisne cada día y a partir de ahí, hay versiones. Unas acaban genial y otras como el Rosario de la Aurora. Hoy no hago spoilers.

Pero ¿qué es lo importante aquí?

Que Sigfrido no contempla la posibilidad de que existan cisnes negros. Y eso hace que caiga en el engaño y en la manipulación más fácilmente.

Cuando se da cuenta, ya es tarde.

En el 2007, el investigador libanés Nassim Nicholas Taleb, desarrolló la teoría del cisne negro para hablar de acontecimientos imposibles.

Cosas que quedan fuera de lo que esperamos, tienen un impacto enorme y que, una vez han sucedido, nos apresuramos a explicar como si en realidad hubiera sido evidente que iban a ocurrir.

La magnitud del éxito de Internet, que nadie esperaba en los 70 u 80. La crisis financiera de 2008. El 11 de Septiembre. El estallido de la primera Guerra Mundial tras un asesinato.

Todo eso que parecía improbable hasta el día anterior.

Y quizá por eso los cisnes negros me parecen una imagen especialmente buena para hablar de la infancia.

Porque también sobre los niños se han lanzado algunas certezas que a veces se dan por buenas.

Los niños son inocentes. No tienen maldad. No se dan cuenta del daño que hacen. Ya se les pasará.

Y a veces es verdad.

Están aprendiendo.

Pero eso no significa que entre niños no existan la humillación, la exclusión, la dominación, la manipulación, la crueldad o el placer de conseguir que todo un grupo se ría de otro.

Desafortunadamente, existen.

También a edades muy tempranas.

Y que nos resulte incómodo admitirlo no cambia demasiado las cosas.

Vale, hay cisnes negros, ¿qué hacemos?

Aplicando lo que propone Taleb a nuestro caso, haríamos tres cosas.

La primera, aceptar nuestra ignorancia. Si estamos abiertos a cuestionar lo que creemos que es o no normal a determinadas edades, es mucho más fácil detectar situaciones difíciles cuando aparecen.

La segunda, darles recursos. Esto es lo que hacemos con el Diario de Valientes. Durante doce semanas, los niños construyen algo parecido a un mapa de sí mismos.

Quién soy. Qué siento. Qué necesito. Qué cosas me hacen sentir bien y cuáles no.

Quiénes son mis personas seguras, qué recursos tengo o qué puedo hacer cuando algo se pone difícil.

Y, sobre todo, aprender que cuando algo les hace daño pueden reconocerlo, ponerle palabras y pedir ayuda.

Y la tercera: tener red. No sólo ellos. También nosotros.

Porque sirve de poco que un niño aprenda a decir:

—Me está pasando algo.

si cuando viene con el mapa el camino parece inviable.

Por eso tú y yo nos vemos el 30 de septiembre.

Para entonces ya habrá acabado el periodo de adaptación al nuevo curso y las aguas estarán más tranquilas.

Ese día, a las 19:00 h, vamos a aprender a mirar.

Qué cambios forman parte de la adaptación.

Qué señales merece la pena seguir.

Cuándo intervenir.

Y que no tenéis que hacerlo solos.

Una hora.

Online.

Gratuita.

No vas a salir viendo cisnes negros por todas partes. Pero vas a estar lista por si aparecen.

Te apuntas al workshop del 30 de Septiembre a las 19:00, aquí.

 

En los márgenes

Tradicionalmente, Odette y Odile son interpretadas por la misma bailarina.

La misma mujer tiene que ser las dos.

Odette es delicada, vulnerable, etérea.

Odile aparece de negro. Segura, magnética, poderosa.

Y es precisamente Odile quien protagoniza uno de los momentos más míticos del ballet: los 32 fouettés de El lago de los cisnes.

Treinta y dos giros consecutivos sobre una pierna.

Una bar-ba-ri-dad.

Y me gusta especialmente que sean suyos.

Porque después de pasarme toda esta newsletter hablando de cisnes negros como aquello que no esperábamos encontrar, conviene recordar una cosa:

lo inesperado no siempre es malo.

A veces simplemente rompe con lo que habíamos decidido que debía ser.

Un cisne que no es blanco.

Una mujer que no es dócil o vulnerable, sino segura, ambiciosa y poderosa.

Una realidad incómoda que preferíamos pensar que no podía existir.

O una posibilidad maravillosa que tampoco habíamos imaginado.

De hecho, los 32 fouettés ni siquiera estaban en el Lago de los cisnes original.

Llegaron después.

Y terminaron convirtiéndose en uno de los momentos más famosos de la danza.

¿No te parece una ironía genial?

Lo inesperado acabó convirtiéndose en lo que todo el mundo quiere.

Quizá un cisne negro no viene necesariamente a demostrarnos que el mundo es peor de lo que pensábamos.

A veces sólo viene a recordarnos que el mundo es mucho más grande que nuestras certezas.

Eso también puede ser una noticia maravillosa.

Y por eso me encanta Odile.

Un abrazo,

Naomi

 

PD: Diario de Valientes, aquí.

PD2: Para vernos el 30 de Septiembre, te apuntas aquí.

PD3: Nos vemos también en Instagram en @cartasdeamorami.

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