Y si le gusta... también.
Desde que empecé este proyecto, hay una conversación que se repite continuamente.
La última vez, esta misma semana. Cambia la historia. El colegio es otro.
Pero la frase siempre acaba apareciendo:
— Bueno… a ver, no es que le hagan bullying… Sólo que no está bien en clase.
—¿No está bien?
— No. Se meten con ella porque le gusta bailar, pero no es como esos casos que salen en la tele.
Y después, lo que duele.
Entiendo perfectamente la intención. Las palabras importan; crea nuestra realidad. Y no queremos etiquetar.
Ni exagerar. Ni sacar las cosas de quicio.
Pero mirar hacia otro lado tampoco protege.
Reconocer que algo va mal no convierte a nadie en víctima. A menudo nos permite ver las cosas como son. Y, si hace falta, pedir ayuda.
Minimizar tiene algo de reflejo automático. Ese “no será para tanto”, en realidad sólo sirve para tranquilizarnos a nosotros, los adultos.
Porque nuestro cerebro odia los problemas. Y los conflictos. Y no quiere líos con el colegio, ni con otros padres.
Además, nadie nos ha enseñado a hacer esto. Y entonces dejarlo estar no parece tan mala idea.
Pero hay algo curioso que pasa con el dolor: nunca se siente pequeño para quien lo habita.
Para un niño, quedarse solo en el recreo puede sentirse como quedarse solo en el mundo. Porque ese es su mundo.
No porque sea demasiado sensible. Sino porque está viviendo su vida… a escala completa.
Y ahí, precisamente, es donde entramos nosotros. Padres y madres.
No para calibrar lo que sienten y decidir si es o no “para tanto”.
Sino para algo mucho más importante: validar, acompañar y sostener.
Para ofrecerles un marco un poco más grande. Uno donde algo pueda doler sin definirlo todo.
Que para eso tenemos algo a favor: Experiencia vital. Y una corteza prefrontal plenamente desarrollada.
Por eso, cuando los dejan de lado, los excluyen, o empiezan a tratarlos mal, no sirve de mucho quitarle importancia.
Es el momento de ayudarles a ordenar lo que sienten, recordarles la maravilla que son y cómo sí merecen ser tratados...
sin que aprendan a conformarse con menos.
Un abrazo,
Naomi
—
En los márgenes
Curiosamente, algo parecido a lo que ocurre cuando algo duele, pasa con lo que nos gusta. Por eso tampoco hay que minimizarlo.
Os cuento la historia de una de mis cantantes favoritas, nivel Shakira o Beyoncé.
Cuando vivía en Londres, había una niña que tocaba en Oxford Street los sábados por la mañana. Harmonie London.
No suelo pararme a ver músicos callejeros, salvo que sean buenísimos, violonchelistas, o violonchelistas buenísimos (mi tema con los violonchelistas os lo cuento otro día).
Pero ella era mi excepción. Si salía a correr por Hyde Park o quedaba cerca de Oxford Street, me pasaba un rato antes a verla. Era una DELICIA.
Mientras la escuchaba, me fijaba muchas veces en sus padres, que andaban por allí cerca sin llamar la atención.
Cómo hay que ser de geniales para darse cuenta cuando era (muy, pero muy) pequeña, de que aquellos canturreos por el pasillo no eran “una fase”.
Lo fácil habría sido decir “los niños tienen que ser niños”, pero ellos hicieron otra cosa.
Ellos la vieron. Y crearon la estructura para que pudiera ser lo que ella es. La llevaban a clases de canto, de piano, y la acompañaban cada sábado — a veces con muchísimo frío — para que tocara en directo en la calle más transitada de Londres, junto a una parada del 23.
Por si eso no hubiera sido suficiente, le regalaron la responsabilidad de pagarse parte de sus estudios de música con lo que recaudara, así que ya podía hacerlo bien.
Si eso no es pasarse la pantalla de padres, me lo contáis.
Yo nunca la grabé, pero como no podía ser de otra manera, hay vídeos suyos en Youtube.
Aquí os pongo un vídeo de ella hace ocho años (yo la escuchaba antes incluso, fijaos lo pequeña que era).
Y aquí os dejo uno de hace dos años. La diferencia es brutal. Lo que hace repetir algo muchas veces, mucho tiempo. Pero eso lo hablamos otro día, si queréis.
Por cierto, ya no recauda para sus clases de música, ahora lo hace para producir sus discos de gospel. Y a mí no puede gustarme más. Deseando verla algún día en el Royal Albert Hall.
0 comentarios