Primero el amor, después la técnica.
Mi hijo mayor tiene un torno de cerámica.
Llevábamos un rato pensando juntos qué podía hacer al día siguiente con la que habíamos comprado esa tarde.
Mientras se lavaba los dientes, yo le daba ideas desde la
puerta del baño. Él iba asintiendo.
Cuando acabó, hizo un silencio, se giró muy serio y me dijo:
—Mamá, imaginar es más fácil que construir.
Me dio la risa, claro.
Vale que igual nos estábamos viniendo un poco arriba.
Pero, ¿en qué momento mi hijo de ocho años, (el mismo que se
inventa soluciones usando agujeros negros) se ha hecho escéptico?
Yo alucino.
—Pues ya sabes cuál es tu súper poder.
—¿Cuál?
—Imaginar. A ti te parece fácil porque es tu don, pero eso no le pasa a todo el mundo… Y además, si lo que imaginas es suficientemente chulo, Dios se enamora un poco de
la idea y empiezan a pasar cosas.
—¿En serio?
—En serio. Mira.
Cogí el móvil y le enseñé Disneylandia.
Luego la Sagrada Familia, la Casa Batlló. (Creyó que seguía siendo Disneylandia… yo con estas cosas me derrito).
El caso es que hay una parte en lo que dice Álex, que lleva razón.
Efectivamente, ideas hay muchas. Pero levantarte durante años a construirlas, es otra historia.
Lo que pasa es que creo que la mayoría de los proyectos no mueren porque construir sea difícil.
Mueren mucho antes.
Mueren cuando todavía sólo son una idea, porque alguien se pregunta demasiado pronto si será posible.
El miércoles fue mi cumpleaños.
Y ese mismo día tenía una reunión presencial.
Casualidades de la vida, en mi antiguo colegio. Te puedes
imaginar la ilusión.
Vi a Carmen, la de Alemán.
Carmen nunca fue profesora mía porque yo llegué en cuarto de
eso y como venía de Francés, no me dejaron.
Pero fue MI PROFE, claro.
Ella también llegó nueva ese año. Y se hizo amiga de Miguel.
MI PROFE de inglés. Los dos juntos son la rebomba.
Montaron una revista que se llamaba Paréntesis. Miguel nos puso a rodar una película en inglés como proyecto de fin de curso. (No verla. Hacerla). Con su correspondiente gala de premios, claro. Los Ferdys (por San Fernando), que galardonaban nuestros peliculones. Y hasta montaron un grupo de teatro.
Yo me apunté a todo, claro.
—Bueno, es que tú y Miky os apuntabais a un bombardeo.
Es verdad.
En teatro hicimos Melocotón en Almíbar, de Miguel Mihura.
Yo era Sor María, una monja que acaba llevándose el botín de
unos atracadores para los pobres de su misión.
Mística, pero al turrón. (No me digas que ese papel no era
para mí.)
—Bueno, viendo cómo está el cole, no quiero saber cómo será ahora esa gala de los Ferdys. Se tiene que liar una con las limos en la entrada del Cluny…
—Qué va. Ya no se hace nada de eso. No hay dinero.
—¿Dinero?
A ver, yo recuerdo súper producciones. Pero presupuesto, cero.
Los decorados los hacíamos nosotros. El vestuario también.
Y si no, alguna madre o abuela se apiadaba y nos echaba un cable. Y las películas se rodaban con lo que teníamos, quedando los fines de semana. (Sólo del garaje de mi amiga Cris, salieron como siete pelis).
Y los Ferdys los pagaba Miguel de su bolsillo.
En fin.
¿Por qué te cuento esto?
Porque lo del cole me hizo pensar en que quizá de unos años a esta parte se ha extendido el hábito de asamblear las ideas, a ver si se pueden hacer.
Alguien tiene una idea. Y antes incluso de enamorarnos de ella, hacemos una reunión.
¿Hay dinero? ¿Hay tiempo? ¿Hay personal? ¿Hay normativa? ¿Se puede? ¿Y si alguien se queja? ¿Y si viene la policía de los datos y nos detienen a todos?
Y claro, siempre aparece alguien capaz de demostrar que no se puede.
Pero quizá no es esa la pregunta.
Porque los recursos no suelen aparecer antes del
proyecto. Aparecen después del compromiso.
Justo cuando Dios se ha enamorado de tu idea.
Igual, en ese momento, la única pregunta que hay que hacerse
es ¿qué nos ilusiona hacer, que vaya a seguir ilusionándonos cuando las cosas se compliquen?
Porque cuando una idea te ilusiona, entonces te enteras de dónde
comprar tela. Y aprendes a coser. O aparece un garaje. Un profesor que compra premios. Un padre presta una cámara. Una hermana hace de maquilladora…
Ya me entiendes.
Supongo que por eso Gaudí decía:
“Primero el amor. Después la técnica.”
Porque nadie aprende la técnica para hacer algo que no ama.
Ni busca recursos para construir sueños que no atreve a imaginar.
Pues creo que con los niños pasa exactamente igual.
Muchas veces queremos enseñarles autoestima, habilidades
sociales. Gestión emocional. Pensamiento crítico.
Todo eso es importante.
Pero antes hay una pregunta mucho más profunda.
¿Qué clase de persona quieres ser?
Ésa sí me parece una buena primera pregunta.
Porque nadie construye una casa sobre un terreno que
considera inútil.
Y por eso mismo el Diario de Valientes empieza pidiéndoles a
los niños que pinten su nombre con las letras más bonitas que se les ocurran, que dibujen su cabaña del árbol (esas sí que son nivel Gaudí) y que peguen su foto en su pasaporte de Amorami.
No empieza enseñando técnicas.
Empieza invitando al niño a enamorarse de una versión futura
de sí mismo. Una persona que se llama, también, Valiente.
Y cuando un niño empieza a creer en esa versión de sí
mismo... escribir en su Diario ya no es una tarea. Decir lo que piensa o lo que siente deja de ser una técnica. Pedir ayuda resulta más fácil. Y llegar a ser ese niño es una cuestión de tiempo.
Y de práctica. Porque las historias también se entrenan.
Y, precisamente para eso el Diario son 90 días.
Y tiene razón mi hijo en que construir cuesta. Muchísimo.
Pero lo verdaderamente difícil siempre fue atreverse a imaginar primero algo que merezca el esfuerzo.
Para imaginar futuros mejores, es aquí.
En los márgenes
De Gaudí me fascinan muchas cosas.
Pero hay una de cómo planteó el proyecto de la Sagrada
Familia, que me gusta especialmente.
Él sabía que no la iba a ver terminada. Entre otras cosas,
porque técnicamente era demasiado compleja para la época.
Aun así, nunca simplificó el proyecto.
Nunca dijo:
"Bueno... hagámosla un poco más pequeña."
Al contrario.
Él consideraba que la línea recta es de los hombres y la
curva es de Dios, así que no tocó nada.
Durante sus últimos años, se obsesionó con una única idea:
Dejar una fachada completamente terminada.
Una sola.
Lo suficientemente hermosa como para que fuera imposible
dejar de continuar la obra.
Y no sé si esto es verdad.
Pero me gusta pensar que aquella fachada no la terminó para
convencer a los hombres que vinieran después.
Era para enseñarle a Dios que el proyecto iba en serio.
Porque hay proyectos que sólo necesitan una prueba de que
pueden existir para volverse imparables.
Quizá por eso lo primero que hace un niño en su Diario es poner su nombre delante de la palabra Valiente.
Como una promesa.
Porque las promesas buenas tienen una costumbre preciosa.
Acaban encontrando a alguien dispuesto a dedicar lo que haga
falta a construirlas.
Como los niños valientes, por ejemplo, que construyen unas historias sobre sí mismos, que eso sí que es de película.
Para empezar con tu guión de Valientes, es aquí.
Un abrazo,
Naomi
PD: Te recuerdo que hasta mañana, si compras un Diario, te llevas otro para ti. Para ti, ¿eh?
(Edición paciencia, eso sí, que las existencias han volado).
Gracias a los adultos que os habéis venido ya a jugar. MUY FAN.
Compras un Diario de Valientes y te llevas otro sólo para ti, aquí.
PD2: Va a volver a haber teatro en mi colegio.
Una obra en la Isla de Amorami.
Previene el acoso. Y dirigen Carmen y Miguel, claro.
Y seguro que Miky, que ahora es profe también allí, (y fue el primero que me ayudó con el Diario de Valientes cuando sólo era una idea), también se apunta.
0 comentarios