Más Milus, por favor

O cómo saber si estás en una pecera. 

Hoy te escribo muy temprano. O muy tarde, según se mire.
Estoy en Corea del Sur, así que aquí ya estamos acabando el día.
Uno de los sitios que hemos visitado esta semana ha sido un mercado de pescado en Seúl. Uno de los más grandes del mundo.
Aquí todo es uno de los más grandes, de los más modernos, de los más... (inserta aquí el adjetivo top que quieras), así que tiene sentido.
En la primera planta del mercado están las pescaderías. O las pecerías, porque no ves mucho pescado sobre hielo con el precio pintado en rotu azul en el cartelito como en los mercados de abastos que me gustan a mí.
En este ves a los peces vivos, en peceras enormes, hacinados, bien juntitos, respirando tranquilos.
O resignados.
Que a mí me parecían tristones.
Y entonces vi a una lubina (por supuesto, una de las más grandes del mundo).
Nadaba por encima del resto de peces. Sacaba medio cuerpo del agua.
No estaba moribunda, aunque daba bocanadas.
Intentaba saltar fuera.
Se me hizo muy evidente que esa lubina buscaba una salida al mar y me dieron unas ganas loquísimas de coger un par de coladores de esos enormes que tenían por allí y darme una carrerita con ella hasta la bahía.
No lo hice.
Hay que atravesar una autopista de unos quince mil carriles hasta allí y lo más probable es que no hubiéramos sobrevivido ninguna de las dos.
Recordé una conversación de pequeña muy intensa con mi padre sobre la diferencia entre un pez y un pescado.
¿En qué momento exacto se pasa de uno a otro, cuando muerde el anzuelo?
¿Y si lo muerde flojito y se escapa?
¿Quién decide que un pez vale para pescado?
Y pensé que mi Lubina, a la que llamaremos Milu, lo tenía clarísimo.
Ella, pez, siempre.
 
Y entonces vi una pecera cilíndrica.
Una de esas como la de los concursos en que ponen a alguien sentado arriba y si falla, cae al agua y todos se ríen. En esta pecera no había tronista.
Sólo peces enormes dentro.
Estaba atestada.
Y me di cuenta de que estaban nadando.
La piscina (más bien columna de agua) tenía corriente en el sentido de las agujas del reloj y los peces nadaban en contra. 
Lo hacían sin descanso, pegaditos unos a otros, pero ninguno se movía de su sitio.
Ni un centímetro; como los hamsters en la rueda.
Iban en bloque, como los bancos de peces que atraviesan los océanos con las corrientes.
Pero a diferencia de ellos, éstos no se cruzaban con tortugas ni recorrían medio mundo.
Estos peces sólo aleteaban sin descanso olvidados en su esquina del mercado.
Horas más tarde cogíamos un tren. Cambiábamos de ciudad.
Y en el asiento de delante, una mujer de unos cuarenta años jugaba a Pokémon… ¡con tres móviles a la vez! Tres. Y los cascos puestos.
Movía los dedos frenéticamente intercambiando pantallas como un crupier que reparte juego.
Y me hizo pensar en lo fácil que es en el mundo actual, a poco que no estemos atentos, acabar moviéndonos frenéticamente sin avanzar absolutamente nada, como esos peces de la pecera cilíndrica.
Esa mujer, como yo, como tú seguramente, no ha vivido la primera parte de su vida rodeada de pantallas.
Ella lo ha escogido después.

Pero nuestros hijos (o sobrinos, o ahijados, o los hijos de nuestros amigos…) no.
Ellos han nacido en un mundo en el que estar rodeados de pantallas es lo normal.
Y cuando algo es normal, puede ser difícil darte cuenta de que estás en una pecera.
Moviéndote. Cumpliendo.
Haciendo lo que toca.
Así que me hice una pregunta: ¿cómo hago para que mis hijos quieran ser como Milu?
No tengo todas las respuestas. Pero sí tengo algunas cosas claras.
Una: hablarles de otras Milus que conozco saliéndose de su pecera. Darles referencias.
Dos: salirme yo de todas las peceras que pueda. Lo de predicar con el ejemplo, vaya.
Y tres: llevarlos al mar (metafóricamente hablando), darles espacio para escucharse y que decidan ellos dónde prefieren nadar.
Porque si no saben que el mar existe… no van a reconocer la diferencia con una pecera.
Y ahí es donde entra el Diario de Valientes.
No es un cuaderno bonito. Ni otra tarea más. Es un lugar, que para eso ellos lo ven como su mapa del tesoro.
Es su momento de parar. De escribir y dibujar lo que quieran.
Donde escucharse y aprender a diferenciar su voz… de todo lo demás.
En estos meses lo han probado muchos niños. Y está pasando algo muy interesante.
Se expresan más. Se posicionan. Se divierten. Se definen con palabras poderosas.
El 100% se describe como valiente.
Y sus padres lo confirman. (A veces incluso dicen que demasiado).
Porque en un mundo que te empuja a moverte sin parar… ser valiente es, muchas veces, atreverte a dejar de nadar sin rumbo. A escucharte. A decidir. Y a decidir que tú no vas a estar en una pecera.
Puedes descubrir el diario, o compartir el proyecto con alguien a quien pienses que le puede interesar, aquí.
 
En los márgenes
 
Dado que todo está diseñado para que acabemos moviéndonos frenéticamente entre tres (o más) pantallas, va a ser cada vez más difícil que los niños paren. Que bajen el ritmo al que les quiere llevar la corriente y aprendan a escucharse o a entender sus emociones.
Y esa es la razón, precisamente, de que el Diario de Valientes se escriba a mano.
Cuando un niño escribe, su cerebro va al ritmo de su trazo. Y su trazo, como el tuyo, como el mío, va acompasado, entre otras cosas, con los latidos del corazón. 

Te lo contaré mejor otro día, pero quédate con esto: Cuando escribes a mano, se apaga la prisa.
No hay scroll.
Hay pausa.
Hay conexión.
Por eso es tan poderoso hacerlo.
Cambia cómo piensas.
Cómo sientes.
Te recomiendo que le dediques un rato este finde.
Escribe algo, lo que quieras. O dibuja. 
Y observa cómo te sientes.
En el caso de los niños, una escritura bien guiada, puede ayudarles, además, a cambiar cómo se cuentan lo que le pasa.
Quiénes son en su historia.
Y por eso el Diario de Valientes es en papel. Papel bueno, claro.
Porque hay cosas que no pueden (y nunca van a poder hacerse) en una pantalla.
Ni en una pecera.
Un abrazo,
Naomi

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