Lo bello y lo sublime

Un túnel a Nueva Zelanda.

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Y ahora sí. Nueva Zelanda. 

Cuando era pequeña, delante de la casa de mis padres había una plaza de tierra en la que jugaba con mi amigo Raúl, que vivía en el edificio de enfrente.

Un día, debía de ser a principios de julio, mi padre me enseñó que Nueva Zelanda estaba justo al otro lado de la Tierra.

Recuerdo la conversación posterior con Raúl. Una cosa perfectamente seria. Tendríamos seis años:

—Si hacemos un túnel desde aquí, llegamos.

Le pareció una idea magnífica.

—¡Venga! Tú vas a necesitar una pala más grande.

—Es verdad. Igual podemos decírselo a tu hermano y que nos ayude. Además, yo me voy el viernes a la playa hasta septiembre y a lo mejor no nos da tiempo.

Ése era el gran problema.

No la distancia. No las rocas. No acabar fundidos en el núcleo líquido.

La agenda.

Porque cuando eres pequeño todo es igualmente grande a tu alrededor.

Y posible.

Y puede que tu principal problema sea sólo quedarte sin verano para hacer lo que quieres porque tienes que ir donde te dicen tus padres.

Kant distinguía entre lo bello y lo sublime.

Según él, lo bello es aquello que podemos recorrer con la mirada y provoca gozo.

Una flor, un jardín. Una melodía.

En la belleza, como él la define, hay armonía, equilibrio y proporción.

El cerebro entiende lo que está viendo y descansa. Como cuando ves una peli de dibujos, que te quedas como tranquilita.

Lo sublime es otra cosa.

Lo sublime aparece cuando la realidad es demasiado grande para nuestras categorías mentales. Cuando la experiencia excede nuestra capacidad de abarcarla.

La inmensidad del océano.

El cielo lleno de estrellas.

Una experiencia que te hace tomar conciencia de que un día vamos a morir.

Hay algo en todo eso que nos deja sin palabras. Nos sobrepasan.

No porque no tengan sentido. Normalmente porque tienen demasiado.

La belleza ordena la mirada. Lo sublime la desborda. Y esa tensión produce asombro y sensación de pequeñez.

Como si viniera a recordarnos que la vida se sale de los bordes que le hemos inventado.

(Que es para mí otra forma que tiene Dios de recordarnos que nosotros también somos más de lo que creemos que somos).

¿Por qué te cuento esto?

Porque si lo piensas, los niños, al tener el cerebro aún en desarrollo y no tener tanto contexto como los adultos, viven mucho más cerca de lo sublime que nosotros.

Por eso una mariquita es un acontecimiento.

Una caja de cartón es en realidad una casa… o un castillo.

Y un túnel a Nueva Zelanda es un proyecto perfectamente razonable.

Los adultos tenemos ya algunos mapas. Ellos aún los están construyendo. El mundo aún no ha sido contenido en conceptos fijos. Por eso la infancia tiene esa intensidad.

Ahora bien.

Esa misma apertura que permite el asombro también hace a los
niños extraordinariamente vulnerables.

Cuando un niño escucha una vez tras otra que es raro, que es tonto, que nadie quiere jugar con él o que molesta, no dispone de los filtros que tiene un adulto.

No piensa: “Eso habla más de ellos que de mí.” (Ojalá).

Cuando siente el desprecio de sus iguales (a la edad por cierto en la que empiezan a importarle ellos, además de sus padres), no tiene recursos para cuestionarlo.

Y entonces esas palabras son como lo sublime. Desbordan su realidad.

Una especie de sombra de lo sublime.

Como no hay referencias y el cerebro no puede soportar la tensión, su cerebro concluye que lo que le dicen, es verdad.

No porque lo sea.

Sino porque a nivel energético, para el cerebro una explicación (aunque sea dolorosa) es más soportable que ninguna explicación.

Si lo explica, la tensión desaparece. El cerebro se queda tranquilito.

Pero el niño no, claro.

La experiencia de que lo excluyan o se metan con él es demasiado grande para el niño.

No entiende por qué lo rechazan.

No entiende por qué se ríen.

Y ojo: no entiende por qué nadie lo detiene (que esto es otro temón del que poco se habla).

Y entonces su cerebro le da sentido con ese primer:

"Hay algo malo en mí."

Que empieza como una hipótesis y se va reforzando según avanza
la situación (porque el cerebro seguirá dando explicaciones a lo que está
pasando para regularse). Y ahí llegan los:

"No valgo."

"No encajo."

"No merezco que me quieran."

Que los mete en una visión túnel, en la que su cerebro sólo encuentra pruebas de que todo eso es verdad y esos pensamientos acaban convirtiéndose en parte de su identidad…

…a menos que se corte a tiempo.

Que es, justamente, para lo que existe el diario de Valientes.

Para sacarlo de ese túnel y devolverle amplitud a su mundo.

Al invitar al niño a mirarse desde otro lugar y poner a su cerebro, entre otras cosas, a buscar palabras bonitas (sobre él o ella y su vida), el cerebro no tiene más remedio que salir del túnel y la situación empieza a ser sólo una parte de un contexto mucho más amplio.

Y así el niño descubre que es mucho más grande que la historia que otros cuentan sobre él. Y se lo va escribiendo (o dibujando) él solo. Porque como dicen los que ya lo han hecho, es su libro.

En el que se cuentan cómo se siente que te traten bien. Lo que es un amigo (y lo que no). Escriben sobre sus talentos, inventan posibilidades.

Y acaban mirándose de una manera, que eso sí que es sublime.

Si quieres regalarlo, es aquí.

 

En los márgenes

No llegamos a Nueva Zelanda ese verano.

Sin embargo, nos llevamos una bronca bastante considerable del jardinero por abrir una zanja de dimensiones difíciles de justificar para
dos niños de seis años en apenas unas tardes.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos planeando el túnel.

Lo que sí recuerdo es que nunca discutimos si era posible.

Sólo cómo hacerlo.

El hermano de Raúl pasó completamente de nosotros.

Pero nos dejó su pala.

Y aquello nos pareció prácticamente maquinaria pesada.

A veces pienso que crecer consiste en aprender algunas cosas importantes.

Por ejemplo, que conviene señalizar las zanjas para que no se caigan los jardineros.

O que quizá merece la pena comprobar ciertos detalles antes
de empezar a cavar hacia Nueva Zelanda.

Pero no tantas como para olvidar algo igual de importante.

Que muchas de las cosas que terminamos haciendo en la vida
empiezan exactamente igual.

Sin saber muy bien cómo.

Y sin tener del todo claro si será posible.

Pero haciéndolas igual, aunque parezcan imposibles.

Si te preguntas dónde puedes empezar a planificar proyectos tipo
cruzar la tierra a las bravas (para tus hijos, para una amiga o para ti), es aquí.

Un abrazo,

Naomi

PD: Para vernos también por Instagram, es @cartasdeamorami.

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