Nenúfares, tulipanes y las cosas que empiezan antes de ser visibles.
Me chifla el impresionismo. Otros movimientos también me
gustan, pero a ése, es que no me puedo resistir.
Los trazos rápidos. El movimiento. Los bloques de color. Esa
cosa casi obsesiva con la luz, con el instante. Como si el cuadro respirara.
Tienes la idea.
También me encantan las flores.
Así que, como no podía ser de otra manera, siempre me han
fascinado las pinturas de Monet.
Quizá lo primero que te viene a la cabeza al contarte esto sean
sus nenúfares. Las pinturas del jardín de su casa de Giverny, al que dedicó buena parte de su obra. A mí es lo que me viene.
Pero hoy no vengo a hablarte de sus cuadros.
Quiero hablarte de su jardín.
Es posible que hayas oído alguna vez que las cosas se crean dos veces: una en la mente y otra en la realidad.
Un panadero primero tiene que pensar en el pan que quiere
hacer y después hacerlo. Un artista, primero piensa el cuadro y después, lo
crea.
Quizá haga un boceto. Quizá diez, como Picasso con el toro.
Pero, en todos los casos, ha tenido que verlo antes en su
mente.
Pues Monet creó sus famosísimos cuadros de flores tres
veces:
primero plantó el jardín,
luego pensó en los cuadros,
y finalmente los pintó.
Porque Monet, además de pintor, fue jardinero.
Y no un jardinero cualquiera. Creó distintos espacios alrededor de su casa como quien compone estados emocionales, teniendo en cuenta los tiempos de floración y los colores de cada especie.
En la parte delantera de su casa, plantó bloques enteros de lirios,
írises, crocus, agapantos, gladiolos, narcisos, peonías o anémonas... y tras un viaje a Amsterdam, se obsesionó particularmente con los tulipanes, que curiosamente, tienen un proceso de floración explosivo, como si ellos mismos fueran impresionistas.
En la parte trasera de la casa, creó el jardín japonés con el famoso puente cubierto de glicinas cayendo desde arriba.
El agua quieta. Los nenúfares flotando sobre la superficie.
Y una vez hecho el jardín, creó sus obras.
Pintó numerosas veces el mismo rincón, porque nunca era exactamente igual. La luz era distinta, las flores cambiaban según la época, pero el jardín, ese jardín precioso y perfecto que él había querido plasmar, siempre era el mismo.
El otro día una madre me hablaba de su hijo adolescente.
Había sufrido bullying cuando era pequeño.
Con el tiempo cambió de colegio y no había vuelto a tener problemas con sus compañeros.
Pero ahora, años después, se bloqueaba en los exámenes. Había
vuelto a terapia. No era capaz de dormir por las noches. No conseguía aprobar algunas asignaturas aún llevándolas bien preparadas.
Me contó que cada vez que sentía presión, volvía a derrumbarse.
Como si aquellos fantasmas siguieran con él. Como si las burlas se hubieran quedado en alguna parte de su jardín. Quizá ya no se veían, pero las raíces seguían allí.
Estaban muy preocupados por las pruebas de acceso a la
universidad.
Me contó lo que el chaval se repetía una y otra vez:
“No valgo.”
“Voy a fallar.”
“Es que soy idiota.”
—Lo mismo que decía de pequeño, cuando lo pasó tan mal.
Aquellas palabras de entonces, aquella forma de verse que había aprendido de los comentarios de esos compañeros que se metían con él, forman ahora parte de su voz interior.
Por eso te he contado lo de Monet.
Porque él no encontraba la belleza que quería pintar. Y entonces, con paciencia, la construyó primero.
Y quizá educar tenga también algo que ver con eso. No tanto
con corregir constantemente las circunstancias o el resultado final, si no con ayudar a nuestros hijos a crear también el paisaje interior donde van a crecer.
Ayudarles a saber que pueden elegir sus palabras. Y que éstas
pueden ser buenas, también con ellos.
Regalarles la posibilidad de parar. Preferir la calma. La belleza. De hacerse preguntas. Y construir con ellos la forma en que se hablan
a sí mismos.
Por eso el Diario de Valientes no dice a los niños lo que hacer o quiénes tienen que ser. Les invita a construir su propio jardín
interior. A elegir sus flores, los colores quieren que exploten en sus
parterres.
Y, cuando hace falta, los invita también a pasar el rastrillo y desenterrar raíces podridas… o a tirar a la basura algún enanito de
esos horteras de piedra que a veces se cuelan en los jardines.
Porque si algo nos deja claro Monet, es que puedes construir
tu propio jardín... y hacerlo una obra de arte.
Puedes empezar a trabajar en el jardín, aquí.
En los márgenes
A primeros de marzo de 2020 yo vivía aún en Londres.
Recuerdo aquellos días rarísimos en los que todo empezaba a
sentirse extraño, pero todavía nadie terminaba de entender lo que venía. Todo seguía funcionando igual, pero ya había algo distinto
en el ambiente.
Uno de esos días tenía una sesión con el equipo en la oficina. Pasó algo con los trenes y tuvimos que cancelar. Como yo era de las
pocas que ya estaba en la oficina, terminé lo que tenía que hacer y me fui caminando por la orilla del Támesis hasta la National Gallery.
A veces hacía eso. Y me encantaba.
El caso es que aquel día era distinto también allí. En la Plaza
de Trafalgar, donde está el museo, no había prácticamente nadie. Dentro, menos aún.
Las salas estaban vacías. Sin turistas. Sin ruido. Sin
colas. Sin móviles levantados haciendo fotos.
Fui directa a ver el cuadro de los nenúfares de Monet.
Y cuando llegué… no había nadie. Ni siquiera guardias en la sala.
Sólo el cuadro y yo.
Fue una de las experiencias más especiales que he vivido en
un museo.
Porque este cuadro tiene algo distinto incluso dentro de la
serie de los nenúfares.
En otras obras hay orillas. Puentes. Árboles. Alguna referencia que te recuerda dónde estás. Pero en éste, no.
Aquí prácticamente desaparece la perspectiva. Desaparece el horizonte.
Y de pronto sólo existe el agua. La luz. El color flotando.
Como si Monet no quisiera que observáramos el estanque, sino
que entráramos dentro de él.
Así que tuve el estanque sólo para mí. ¿Se puede tener más suerte?
Antes de irme hice una foto. Una. Como si fuera yo una
señora en 1993.
El caso es que días después, cuando volví a España y nos
encerraron durante la pandemia, recuerdo mirar aquella foto muchas veces.
Como si observarla pudiera devolverme durante un momento a
aquella sala vacía. A aquel jardín. Al silencio. A la calma. A esa sensación rarísima de belleza suspendida justo antes de que el mundo cambiara.
Y, sobre todo, a la sensación de poder vivir una experiencia como aquélla.
Te voy a dejar abajo el cuadro. Y una invitación.
La de contemplar éste (o cualquier otro que te guste a ti) con tiempo.
Sin prisa. Sin hacer scroll al mismo tiempo. Sin pensar en qué vas a hacer después.
Sólo observa y mira qué pasa dentro de ti mientras miras.
¿Cuándo fue la última vez que la vida te regaló un momento de
esos que colocas en tu propio jardín?
Puedes contármelo respondiendo a este mail.
También puedes disfrutar del estanque de Monet, aquí.
Un abrazo,
Naomi
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