O cómo crece lo que repetimos
Ahora se habla de interés compuesto. Efecto Bola de Nieve. (En realidad no son exactamente lo mismo que Fibonacci, pero nos valen).
Mi abuela te lo aclaraba rápido: muchos poquitos, hacen un muchito. (Eso vale siempre y para todo).
La serie de Fibonacci explica con números cómo crece todo en la Vida.
Y por supuesto, está relacionada con el número aureo, pero de eso ya hablamos, si eso, otro día.
El caso es que la de Fibonacci, es una sucesión matemática que suma a cada número su anterior.
Empieza así:
1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34…
Pequeña. Discreta.
De esas en las que parece que no pasa nada.
Porque al principio, no parece que pase mucho, la verdad.
Pero está pasando todo.
Uno.
Uno más uno -> dos.
Dos más uno -> tres.
Tres más dos -> cinco.
Dos más uno -> tres.
Tres más dos -> cinco.
En la posición 13, ya vamos por 233 y en la 21, por casi 11.000.
Y, de repente, ya no es tan pequeña.
Una sola operación: suma lo de ayer a hoy.
Repite mañana.
Mantente ahí.
Repite mañana.
Mantente ahí.
Y mira qué pasa.
Resulta que esta sucesión describe el patrón de crecimiento por excelencia en la Naturaleza.
Es el patrón de crecimiento que siguen los pétalos de las flores, las caracolas, las ramas de los árboles, los huracanes o las galaxias.
¿Y por qué te cuento esto?
Porque en la Naturaleza, mires donde mires, todo tiende a crecer. Y con las palabras pasa igual.
Un día dices:
“No pasa nada.”
Otro:
“Ignóralo. No es para tanto”
Otro:
“Tienes que ser fuerte.”
Y parece pequeño.
Como el principio de esa serie, o la primera espiral de una caracola.
Pero el cerebro no borra y la serie ya está en marcha. Así que a lo de hoy, va a sumarle lo de ayer. Siempre.
Y lo que era una frase aparentemente insignificante… empieza a convertirse en algo más. Especialmente con los niños, cuyo cerebro es aún más permeable en esa etapa.
“No pasa nada” + “ignóralo”-> lo que siento no importa
“Ignóralo” + “sé fuerte” -> me lo tengo que tragar solo
Y la espiral sigue creciendo.
Hasta que un día, sin darnos cuenta, ya no es una frase.
Es una forma de estar en el mundo. Esas palabras forman ahora parte su identidad. O de la nuestra.
Y ahí es donde necesitamos estar atentos para romper ese patrón y crear otro nuevo.
Uno de palabras o expresiones que nos ayuden a florecer, como los girasoles, que es el ejemplo que siempre se pone cuando se habla de Fibonacci.
Así que, si quieres empezar por algo sencillo esta semana, prueba esto:
Escúchate.
¿Qué te dices cuando algo no sale?
Y si esa frase no te ayuda… cámbiala.
No hace falta cambiarlo todo.
Pero cambia esa. Ya sabes, rompe el patrón.
Con los niños, esto es lo que hacemos con el Diario de Valientes.
Les ayudamos a que, jugando, tengan ese espacio para crear ese nuevo patrón.
De palabras nuevas.
De sentido.
Y entonces la secuencia cambia.
Ya no es: “no pasa nada”
Es: “esto a mí me importa”
Ya no es: “tengo que aguantar”
Es: “esto no está bien. Y no tengo por qué soportarlo. Tengo apoyo y puedo pedir ayuda”
Y entonces la suma es otra.
Y el resultado también.
La galaxia que se construye es otra.
Porque un niño que tiene palabras tiene criterio, va tomando conciencia de su identidad y tiene suelo.
Puedes descubrirlo, o recomendarlo a alguien, aquí.
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En los márgenes
Hay un experimento que muestra esto perfectamente.
Compras dos plantas iguales. Las colocas en las mismas condiciones de luz, riego y temperatura.
A una le hablas bien durante 80 días.
A la otra la cuidas igual, pero le hablas mal.
Y mira qué pasa.
Las palabras no son neutras.
Hay frases que nos encogen.
Y otras que nos hacen crecer.
Así que, la próxima vez que tengas que elegir… florece.
Un abrazo,
Naomi
Naomi
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