La historia de tu nombre

Tu primer regalo.

El otro día estaba en el parque con mis hijos, y en un banco cerca de los columpios en los que estábamos, había un grupo de chavales.
Tendrían doce o trece años.

Todos con el mismo peinado, mismo tipo de ropa, de zapatillas.
Incluso físicamente se parecían. Parecían una banda de K-Pop de puro guapos que eran. Había uno diferente. Más corpulento, con el pelo más corto.

—¡Eh, Bola! ¡Que no nos quiten el sitio!

Y se fueron, probablemente a comprar más bebidas de esas
fluorescentes que estaban tomando.

Me acerqué discretamente y le pedí que me ayudara con una cosa.

—Gracias. ¿Cómo te llamas?

Tenía un nombre precioso, por cierto.

—Te llaman Bola, ¿no?

Fue como a contestar, pero no dijo nada. Se encogió
de hombros.

—Me gusta más tu nombre. Casi se lo pongo a mi
hijo. Encantada, [Nombre precioso].

Tengo claro que cuando el guapito máximo volvió, [Nombre
precioso] no le dijo que lo usara en lugar de Bola.

Ojalá un día lo haga.

Durante un tiempo yo tuve problemas con mi nombre.

Durante más de tres cursos cuando era pequeña, un profesor tuvo una fijación extraña y me lo cambiaba como metiéndose conmigo cada vez que nos cruzábamos, aunque fuera por los pasillos. Cada vez. Incluso antes de ser mi profesor. Incluso lo
ponía en la pizarra.

Pereza de tío.

El caso es que yo no le di importancia en su momento.

Entre otras cosas, porque había mucha gente que parecía
tener problemas con mi nombre. (Incluso al leerlo de una lista, que es como el colmo, ¿no?)

—Noemi, Noemí, Naomí… Ahinoa (¿¿en serio??).

Hay muchísima dislexia no diagnosticada por ahí.

Para ser exacta, mi nombre es Naomy, con Y griega, como las Yglesias antiguas.

Mi padre lo escribió así y está perfecto.

Lo de la Y me lo cambié en la uni. Muy bonito, pero poco práctico.
Cada vez que alguien lo apuntaba, tenía que añadir: “con Y griega”.

Subóptimo. Fuera.

Me quité la y, pero la sombra de las Noemis y Noemís es
alargada.

Y durante un tiempo me daba bastante igual que me llamaran
así también. (Además, la gente se corta muchísimo cuando se equivoca con tu nombre y a veces cortocircuitaba las conversaciones. Así que lo dejaba estar.)

Hasta que apareció mi amiga Aiko San.

Durante un tiempo yo trabajé mucho con Asia. Especialmente
con China y Japón.

En el equipo de Japón, había una chica, Aiko, que alucinó cuando
vio mi nombre, porque al parecer, es de allí.

—¿Pero seguro que no tienes familia japonesa?

—De verdad que no.

(Me lo preguntó tantas veces que empecé a sospechar que
estaba investigando por su cuenta).

El caso es que Aiko empezó a mandarme cosas de mi nombre.

Los kanjis con los que puede escribirse Naomi. Los
distintos significados. Las combinaciones posibles para que eligiera. Una chulada, vaya.

Y esto teniendo en cuenta que cada correo del equipo de Japón empezaba:

Querida Naomi San:

Naomi San, como Daniel San…¡¡el de Karate Kid!!

(Imagina a la ochoañera que llevo dentro la primera vez que
lo leímos: flipando fuerte, claro).

El caso es que yo no me di cuenta inmediatamente, pero lo que hizo mi Aiko San, no fue regalarme un nombre nuevo de allí.

Sólo me devolvió el mío.

El mismo que me pusieron mis padres con todo el amor y al
que yo le había dado mi toque.

Porque gracias a mi Aiko San me di cuenta de que hacía tiempo
que había dejado de verlo con esos ojos, acostumbrada ya a que me lo cambiasen.

Y resulta que importa.

Porque de pequeña me encantaba mi nombre, claro. Como a
todos los niños.

Como a [Nombre precioso]. Seguro.

Y normal que sea así, porque es el primer regalo que
recibimos de nuestros padres.

La mayoría, lo busca durante meses. Lo prueban con los
apellidos.

Lo dicen en voz alta.

Se imaginan llamando así a alguien cuando tenga tres años. Y cuando tenga quince. Y ochenta.

Y un día, por fin, lo eligen.

Y esperan que acompañe al niño o a la niña toda una vida.

Y entonces llega un patio de colegio. Y decide que ahora eres "Bola".

O "Cuatro Ojos". O "La rara". O "El pesado". O [Lo que sea].

Y parece una tontería.

Pero no lo es.

Porque si algo tenemos claro a estas alturas, es que las
palabras no sólo sirven para describir. También construyen.

Nuestro cerebro utiliza las palabras para organizar la
realidad. Y durante la infancia, una de las realidades que está intentando comprender es quién soy yo.

Y buena parte de esa idea surge a partir de cómo
los nombran las personas importantes de su vida.

Por eso creo que una de las primeras formas de proteger a un niño consiste en proteger su nombre.

Y todo lo que ponemos alrededor de él.

Porque el bullying no empieza el día que alguien pega.

Empieza el día que alguien consigue cambiar la forma en que
un niño se mira.

Y por eso este proyecto se llama Cartas de Amor-a-Mí.

Porque antes de aprender a defenderse o a cualquier otra
cosa, un niño necesita volver a hablarse con cariño.

Volver a llamarse por su nombre.

Volver a escribir una historia sobre sí mismo que no haya
redactado el miedo, un patio de colegio o cuatro chavales con pelazo que te dejan guardándoles el banco.

Una historia que merezca la pena.

Una exactamente, como las que se escriben en las cartas de amor.

Si quieres empezar la tuya, es aquí.

 

En los márgenes

Cuando vivía en Inglaterra me contrataron para montar la primera plataforma de televisión de servicios agregados, de esas que incluyen Netflix, Amazon y tienen canales infinitos. De esas.

Cuando llegué pensé en largarme inmediatamente.

Como era la operadora de telefonía más grande del país, habían
tirado de talonario, comprado los derechos del fútbol y habían montado el servicio en apenas un mes. (Excluye fines de semana).

No sólo no funcionaba.

Ni siquiera podían medir lo mal que funcionaba.

Había partidos en los que la pantalla se quedaba negra en
plena tanda de penaltis.

En Reino Unido. Un país lleno de hooligans.

Los pobres agentes de los call centers, directamente, se
levantaban y se iban de lo que les decían por teléfono.

Después de la lloradita rápida de "¿pero para
qué habré venido yo aquí? Estoy tirando mi carrera a la basura", me puse a trabajar.

Recorrí el país.

Monté un equipo.

Presenté a personas que debían haber llevado al menos un mes
trabajando juntas y no se conocían de nada.

Y empezamos a inventarnos soluciones.

Cuando arranco un proyecto le pongo un nombre chulo.
(También le busco una música, pero eso te lo cuento otro día).

Por ejemplo Manhattan, como el de la bomba atómica, si va a
ser un bombazo… ese tipo de cosas.

Un nombre que recuerde todos días lo mucho que mola trabajar
en eso.

A ése lo llamé Service Excellence (Excelencia de Servicio).

Vale que no es el nombre que le pondría a una banda de rock,
pero necesitaba que todo el mundo tuviera esa idea en la cabeza.

Excelencia o hoolingans llamando…

Excelencia o nada… (Y ahora dime que no soy malota).

El caso es que tres años después, esos que no se conocían y
yo, éramos amigos y estábamos vestidos de gala recogiendo premios.

Mejor plataforma de televisión. Mejor contenido. Mejor
aplicación móvil. Y... (sí, esto pasó): Premio a la Excelencia en el Servicio.

Arrasamos como Rosalía en los Grammy.

Y tiene gracia, porque según te escribo esto me estoy dando
cuenta de que el Diario de Valientes ha ganado el premio Excelencia Educativa 2026.

Porque Excelencia o nada, claro.

Puede ser casualidad o que quizá sea verdad que los nombres tengan todo ese poder.

En cualquier caso, como decía Einstein, en la vida nada es magia o todo es magia…

Para descubrir toda la que tiene tu nombre, el de tu hijo, sobrino o ahijado, en el Diario de Valientes, es aquí.

Un abrazo,

Naomi

 

PD: Ya estamos en Instagram y sería genial vernos también por ahí. Puedes seguirnos, si quieres, en @cartasdeamorami.

PD2: Si a estas alturas no lo sabes todo de tu nombre, te sugiero que te hagas un Aiko San y te pongas a buscar cosas bonitas del tuyo.

PD3: Al hilo de todo esto de los nombres, mi poema favorito
de pequeña era "Cuando te nombran", de Gloria Fuertes. Aún me lo sé de memoria. Tardé años en descubrir que mi profe Raquel cambió el final a: Dios sí me entendería. (Vaya genia). Pues eso, que todo es magia.

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