Un joven aprendiz de arquero, el más joven de todos, se acercó a su maestro y le preguntó:
“Maestro, ¿cómo consigo que me respeten?”
El maestro no respondió.
Le dio una tarea.
Durante semanas, el joven tuvo que barrer el dojo.
Todos los días. Sin excepción.
El primer día lo hizo rápido.
El segundo, más o menos.
Al tercero, ya estaba cansado y empezó a hacerlo sin mirar.
Pasaba la escoba. Pero no estaba allí. Lo hacía pensando en sus cosas. Un poquito por encima.
Entonces el maestro se acercó y le dijo: “Así no.”
Le quitó la escoba y empezó a barrer él. Despacio.
Observaba cada rincón, cada movimiento, cada gesto. Como si
importara.
Como si fuera lo único que tenía que hacer en el mundo.
Cuando terminó, le devolvió la escoba. Y le dijo:
“El respeto empieza aquí. No en los demás. En cómo haces las cosas. Incluso las pequeñas. Incluso cuando nadie mira. Especialmente cuando nadie mira.”
El joven siguió barriendo.
Pero esta vez… de otra manera.
Y con el tiempo, algo cambió. Primero en él. Y luego en los
demás.
Ya no tuvo que pedir respeto. Se lo ganó.
Y como casi todo en la vida, alguien ha escrito una forma
muy sencilla que explica de qué está hecho:
Respeto = estándares × refuerzo
Los estándares son lo que para ti es importante.
Lo que está bien.
Lo que no.
Lo que aceptas.
Lo que no.
El refuerzo es lo que haces con eso.
Lo que repites. Lo que sostienes. Los hábitos, vaya.
Y aquí viene lo importante: los dos factores multiplican, pero si uno de los dos es cero… el resultado también es cero.
El otro día un padre me contaba que su hija tiene ya móvil. La edad a la que se lo han dado da igual; lo importante es que se lo han dado mucho antes de lo que habrían querido él y su mujer.
—¿Y por qué no habéis esperado?
—Cuando tus hijos tengan esa edad, ya verás como no quieres que sean los únicos de la clase sin móvil. El que se queda fuera tiene todas las papeletas de ser del que se habla en los grupos de whatsapp.
La verdad es que le entiendo. Y no sé a ti, pero a mí esto me hace plantearme cosas como lo bien montado que está el sistema de secuestro de la atención de nuestros hijos.
Lo han montado perfecto: si la presión es suficiente, mi
estándar (mi hijo tendrá móvil a los X años y no antes), ya no es innegociable. El miedo a que lo excluyan hace que el refuerzo pase a ser automáticamente 0.
Que los mismos que no ponen límites en sus propios sistemas al ciberbullying (véanse redes sociales), sean quienes se benefician de la presión que el ciberbullying ejerce sobre los padres, da que pensar.
Y por eso el acoso nos afecta a todos. Porque parece que les pasa a algunos, pero en realidad es estructural.
En el momento en el que sentimos presión de hacer lo contrario a lo que haríamos por miedo, quizá deberíamos desde qué libertad estamos decidiendo.
Y si eso me hace ignorar mis propios estándares, que son los que definen mis límites ¿cómo puedo esperar que mis hijos los pongan?
Precisamente para trabajar en esos temas durante tres meses, hice el Diario de Valientes. Puedes descubrirlo, aquí.
En los márgenes
Yo he empezado por barrer mi casa, como el aprendiz de
arquero.
Mi hijo mayor terminó su diario. 3 meses seguidos
haciéndolo. No había que decírselo. Si un día no podía hacerlo, al siguiente venía y me decía “Hoy he hecho lo de ayer y hoy, que no quiero perderme con mi libro”.
3 meses jugando a plantearse qué es importante para él. 3
meses sosteniéndolo. El hábito y todas sus reflexiones.
Yo podría haberle contado cosas, leído cuentos sobre amor propio. Pero esto lo ha hecho él. Día a día. Como un entrenamiento de quererse bonito.
Ahí está el refuerzo.
En la semana 10, mi hijo llegó al Río de los Amigos.
Ya llevaba 9 semanas escribiendo, escuchándose. Iba ya
por Amorami como Pedro por su casa.
Esos días se planteó cosas como: ¿Quiénes son las personas con las que me siento bien? ¿Qué hacen esas personas que me hace sentir así? ¿Cómo lo siento en el cuerpo?
Y ahí estaba su estándar.
Y entonces, un día me contó una situación en el recreo en la
que había gestionado límites y relaciones con una gracia y una naturalidad que le he visto a pocos adultos.
Había identificado que algo no le gustaba, le había dicho “no”
a un grupo de niños, había puesto límites con amor y se había ido a buscar dónde hacer lo que sí va con él.
Sin dramas. Sin peleas. Sin “este amigo sí / éste no”.
Fue un: “esto no siente bien para mí” y “esto es lo que sí
quiero.”
Ahí vive el respeto.
Si quieres descubrir el Diario de Valientes y practicar con tus hijos, o tú misma, ese dar cera, pulir cera, es aquí.
Un abrazo,
Naomi
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