La del Bullying

O por qué lo que nos pasa no nos define.
 
En las últimas semanas varias personas me han hecho la misma pregunta:
—¿No te preocupa convertirte en “la del bullying”?
Todos con la mejor intención.

Con esa prudencia que usamos los adultos cuando alguien decide hablar de algo incómodo.

La pregunta tiene sentido. No es un tema cómodo con el que uno quiere que lo asocien.
Pero no es lo único que tiene sentido. De hecho, cuando hace unos meses le conté a una amiga que iba a arrancar este proyecto, ¿sabes lo que me dijo?

—Tiene sentido. A ti te han acosado de todas las maneras tipificadas en el Código Penal.
—Y alguna que no lo está, pero seguramente debería—le dije yo.

Por eso la respuesta a las preguntas de estos días es que no: no me preocupa en absoluto. Si el acoso no me había definido antes, habiéndolo vivido, mucho menos va a hacerlo ahora que he montado un proyecto que habla de valientes. Y de amor propio, que de ahí lo de Amor-a-mi.
 
Si lo pensamos, todos somos “la de algo”, “el de algo”, según el contexto.
Esta semana, por ejemplo, he estado en un congreso con mi empresa de consultoría y allí, si acaso, he sido la de los datos. En una heladería soy la del helado de limón y chocolate, y en una fiesta, sin dudarlo, soy la que se lo baila todísimo.

Las etiquetas van cambiando según el momento.
La identidad es otra cosa.

Sí, en este proyecto, los adultos hablamos de bullying.
Porque hay cosas que hay que mirar de frente.
Nombrarlas.
Entenderlas.
Atravesarlas.

Pero el proyecto no trata de bullying.
Trata de identidad. De relato interno.

De lo que ocurre cuando alguien intenta romperlos desde fuera.
Y de cómo ayudar a cuidarlos y a construirlos.

Por eso el Diario de Valientes no menciona la palabra acoso ni una sola vez.

Ni una.
El diario crea otra cosa. Crea espacio.
Un mapa.
Un lugar en el que el niño siente que es seguro escribir o pintar lo que siente mientras identifica sus emociones, se familiariza con su propia luz (Luci), su brújula interna (Bruna) o atesora palabras bonitas con Milo el Hilo.

También descubre que puede enfrentarse a dragones, que son su propia sombra y que, si está atento, puede ver al gato Kiro, que es su propia intuición.

Porque el niño o la niña que hace el diario, tampoco es “el del bullying”.

Es una maravilla y eso es lo que el diario le recuerda. Y celebra, que para eso va llenando sellos en su pasaporte Amorami.

Y entonces pasa algo curioso.

A lo largo de su recorrido por Amorami, por el diario, empieza a salir lo que el niño quiere compartir.

A veces cosas duras.

La mayoría, cosas buenas. Porque la luz, por pequeña que sea, tiende a llenar el espacio.
Así que, si hablar de estas cosas me convierte en “la del bullying”, me parece bien.

Me parece perfecto.
Porque, igual que no me define a mí, tampoco define a los niños que lo han vivido.
 

En los márgenes

 
En el primer artículo dije que algún día explicaría por qué me gustan tanto los violonchelistas.

Alguien que me quiere mucho me mandó una explicación bastante divertida sobre el tema. Podría ser. Pero no. 
 
La verdad es que me gustan por varias razones mucho más sencillas.

Primero, por el sonido.
El violonchelo está justo en el punto dulce del espectro sonoro:
no es tan agudo como el violín ni tan grave como el contrabajo.
Justo en medio. En equilibrio.

Dicen los que saben bien de música que es un instrumento cuyo rango suena humano, porque es el más cercano al nuestro. Yo esto lo supe después. A mí ya me gustaba.
Y me gustaba demás de por cómo suena, porque no se toca desde arriba.

Es un instrumento que se abraza.
Vibra contra el pecho de quien lo toca, así que me gustan porque pienso que lo hacen desde el corazón.

Y luego está el compromiso.

Es un instrumento grande. Ocupa un lugar en el mundo.
No puedes meterlo en una mochila y olvidarte. Hay que cargar con él.
Por eso los violonchelistas me fascinan. Porque en algún punto, sin saber aún si ese instrumento se les va a dar bien, apuestan por él.
Que no es una flauta o un violín. Ni siquiera una viola, que tiene un riesgo logístico más razonable.

Claramente los violonchelistas no son razonables. Y por eso me gustan.

Así que, si hay uno tocando en la calle, me voy a parar. Aunque esté aprendiendo. Especialmente si está aprendiendo.
Porque cargar con un violonchelo por ahí mientras aprendes, también dice mucho de una persona.
Esas personas son una joya. Y las joyas hay que cuidarlas.
 
Además, el violonchelo es el instrumento de las películas.

Cuando una escena quiere tocar algo profundo, casi siempre aparece uno. Fíjate.

Os pongo esta versión de Birds of a Feather de Billie Eilish, que no me puede gustar más (la original también, porque es canela), o ésta extendida de Dios es un stalker de Rosalía, que aunque es con sintetizador, sería perfecta con un violonchelo y se oye muy bien a qué me refiero.

El caso es que esas personas que, como los violonchelistas, aceptan comprometerse con algo grande antes de saber exactamente cómo va a salir, como por ejemplo, su vida, son mi tipo de gente.

Y eso sí forma parte de mi identidad.
Así que entiendo lo de “la del bullying”.
Pero yo, en realidad, soy “la de los valientes”.

Un abrazo,

Naomi

 

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