El efecto espectador.
Lee hasta el final, que tengo un regalo para ti.
La semana pasada te contaba que una de las cosas que más desconciertan a un niño cuando sufre bullying no es sólo que alguien le haga daño.
Es que nadie a su alrededor lo detenga.
Si pensaste que no iba a dejar ese tema en paso, estabas en lo cierto.
Hace años escuché una frase de Toni Nadal que me encanta.
Decía que al tenis sólo se puede jugar bien manchándote los
calcetines.
Me la quedé para mí, claro.
Porque, si te fijas, parece una frase sobre tenis, pero en
realidad es una frase sobre la vida.
Sólo se puede vivir bien manchándote los calcetines.
Esto es literal: si andas descalzo, si te metes en charcos,
si corres a por la bola porque no la das por perdida, te manchas los calcetines.
Pero todas las anteriores también funcionan como metáfora.
Porque todas hablan de lo mismo.
De implicarse.
De aceptar que si estás donde estás y te implicas (de verdad),
en algún momento te vas a manchar. Y esto pasa en todas las cosas importantes de
la vida.
La amistad, el amor, educar a tus hijos. Defender a alguien.
Vivir de acuerdo con tus principios…
Te manchas los calcetines. Comprobado.
Lo contrario también existe.
Gente que hace aspavientos desde la barrera. Que parece que participa, pero nunca se mueven. Gente que opina, incluso, cosas. Toreo de
salón, creo que se llama.
Y puede tener su gracia. Que cada uno se gasta su vida como
quiere.
Pero en el Bullying, no. En el Bullying (en cualquier tipo
de abuso, en realidad), eso es inaceptable. Indecente, de hecho.
Porque en el Bullying, no hacer nada también es hacer algo.
Y tiene nombre.
Se llama efecto espectador.
Es uno de los fenómenos más estudiados de la psicología
social. Describe algo muy incómodo, pero no por ello menos verdad.
Cuando varias personas presencian una situación injusta o
una emergencia, es menos probable que alguien intervenga que si sólo lo viera
una.
No más probable.
MENOS.
Porque cada uno piensa que ya actuará otro, que quizá no es
para tanto. Que, si nadie más hace nada, será que no hace falta.
Pero también por el miedo a equivocarse. A pasarse de
frenada, a llamar la atención. O el típico: no me meto donde no me llaman,
que es lo más de pobrehombre que hay en determinadas situaciones.
(Si oyes gritos en la casa de al lado, llamas a la policía. Punto.)
Lo fascinante es que esto ocurre porque, por muy
independientes que nos creamos que somos, nuestro cerebro busca constantemente
señales de los demás para saber cómo comportarse. (Por eso, ojo con el tipo de
personas que te rodean…)
Si a nuestro alrededor nadie se mueve, tendemos a quedarnos
quietos.
Si nadie habla, tendemos a callarnos.
Si nadie se está manchando los calcetines… adivina cómo van
a estar los nuestros.
Y ahí está el problema.
Porque el bullying está lleno de espectadores.
Está el que empuja, sí.
Pero también está el que le ríe la gracia. Y los que miran.
Los que no se meten, pero lo saben y aún así, no hacen nada. Los que comparten
la foto. Están los que sospechan. Los que cambian de tema. Los que piensan que
alguien hará algo. Los que creen que no les corresponde.
(Y sigo hablando de patios de colegio aunque igual has
estado en algún sitio así ya de mayor).
Y muchas veces, cuando hablas con personas que sufrieron
bullying de niños, descubres que a veces, lo más doloroso no fue que les
hicieran daño, o quiénes se lo hicieron. A veces lo que más cuesta entender es
que nadie hiciera nada.
Porque cuando eres niño todavía estás construyendo tu forma
de entender el mundo. Y si nadie interviene, el mensaje que recibes no es sólo:
"Me están haciendo daño."
El mensaje es:
"Y parece que a nadie le importa."
Que pesa muchísimo, claro.
Por eso creo que una de las cosas más valientes que podemos
enseñar a un niño no es sólo a defenderse o pedir ayuda si le hacen daño.
También es a intervenir cuando se lo hacen a otros.
A acercarse al compañero que está solo. A decir que algo no
tiene gracia cuando no la tiene. A pedir ayuda. A levantar la mano. A ser esa
persona que decide que hay ciertas cosas que no van a ocurrir en su presencia.
Porque cuando decides eso, la responsabilidad también es tuya.
Y ya te digo que si haces eso, en algún momento te vas a
manchar los calcetines.
Pero ocurre algo todavía mejor: que alguien más te ve.
Y, por esa cosa de los cerebros mirándose, cuando una
persona se mueve, otras empiezan a moverse también.
Cuando una persona habla, otras empiezan a hablar.
Cuando una persona se mancha los calcetines, de repente ya
no parece tan raro llevarlos con arena, con barro o lo que sea que haya en el
charco en el que decides meterte.
Porque la mayoría de las personas sólo necesitamos darnos
permiso.
Y recordar lo valientes que somos.
Porque lo somos.
Porque la mayoría de las veces cambiar una historia sólo
requiere que alguien se atreva a ser el primero en moverse. Que alguien decida
mancharse los calcetines en Wembley, por ejemplo (tan impolutos como salen).
Y también para eso existe el Diario de Valientes.
No sólo para invitar a los niños a poner palabras a lo que
sienten. Sino para recordarles que su voz importa.
Y que importa tanto, tanto, tanto, que pueden incluso ser
los primeros en usarla cuando todos los demás callen.
Que para eso son Valientes.
Si quieres descubrirlo, es aquí.
En los márgenes
Hablando de Toni Nadal, hay otra historia con su sobrino cuando
era pequeño que me enamora muchísimo.
Como era muy bueno, Rafa jugaba torneos contra niños
bastante mayores que él.
En uno de ellos le tocó enfrentarse a un chico de once. Él
tenía siete y estaba nervioso.
Su tío le dijo:
—Tú juega como sabes. Y si el otro es mucho mejor que tú, yo
haré llover.
Rafa se queda tranquilo.
Empieza el partido.
Al principio, Nadal iba perdiendo.
Empieza a jugar mejor.
Y entonces, se pone a
llover.
¿Qué hace Rafa?
Se acerca a su tío y le dice:
—Ya puedes parar la lluvia. Creo que puedo ganar.
¿No te parece tiernísimo?
Me encanta esta historia. No por el tenis (no soy muy de ver
deportes, la verdad).
Sino porque me recuerda una cosa que hacemos los adultos sin
darnos cuenta.
Durante unos años, los niños nos regalan una confianza
absoluta.
Nos creen.
Creen lo que les contamos sobre el mundo.
Y creen, sobre todo, lo que les contamos sobre ellos mismos.
Supongo que una de las mayores responsabilidades de querer a
un niño consiste en aprender a merecérselo.
Si tú también quieres jugar a parar la lluvia en la isla de Amorami, es aquí.
Un abrazo,
Naomi
PD: Esta semana es mi cumple. El 24. (Sí, nací en la noche de San Juan. Y no, no se puede molar más). 😊
Así que quiero hacerte un regalo: durante esta semana, si sigues
la newsletter y te compras un Diario de Valientes para tu hija, la de tu amiga,
tu sobrino, o ese niño con el que siempre te saludas en el parque sacando al
perro, te regalo otro para ti. Para que lo hagas tú.
Ése no lo puedes regalar porque es un regalo, claro. Te va a tocar hacerlo. Es el trato.
Y es sólo esta semana. (Hasta el domingo o fin de existencias. Lo que pase antes).
Otro día te cuento cómo voy yo con el mío.
Compras un Diario de Valientes y te llevas otro sólo para ti, aquí.
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