Escribe como Shakespeare

Me voy a poner un momento el monóculo para contarte una cosa, pero quédate conmigo:

Decir que William Shakespeare escribía con el corazón, no es una metáfora. Ni una frase bonita. Ni siquiera la opinión
de un buen crítico.

Es literal y científicamente hablando, lo que hacía:
escribir al ritmo del corazón.

El tipo era tan crack que escribió la mayoría de su verso en pentámetro yámbico, que es un patrón rítmico muy cercano al del habla natural inglesa y que por tanto, se asemeja a los ritmos corporales.

Escribía al ritmo de la respiración… y del pulso.

Da-DUM
Da-DUM
Da-DUM
Da-DUM
Da-DUM

Por si te lo estás preguntando, ya te lo digo yo: no. No se puede molar más.

Y ahora, ten en cuenta que además lo hacía pluma en mano, tinta oscura y papel bueno. Y eso sí que es imbatible.

Porque cuando escribimos a mano, el cerebro no solo “piensa palabras”.

Hace algo mucho más complejo. Coordina el movimiento de la mano. Activa la vista para seguir el trazo. Organiza el lenguaje. Y conecta todo eso con lo que estamos sintiendo.

No es solo escribir. Es integrar, las palabras al cuerpo y dejar que tomen forma en la realidad, más allá de ti. Si encima lo haces al ritmo de tu
corazón, lo que estás haciendo es alquimia pura.

Y eso hace que lo que escribes se procese más profundo. Se fije mejor. Y, sobre todo, se entienda desde dentro.

Escribir es como enfriar el hierro candente que son a veces las emociones. Hacerlo sobre el amor, el dolor o
la vida, como hacía Shakespeare, en tus tiempos y a tu ritmo, puede llevarte a acabar acuñando frases como:

“Mi generosidad es tan ilimitada como el mar. Mi amor, tan profundo.”

O

“Dale palabras al dolor; el duelo que no se habla, le susurra al corazón sobrecargado y le ordena que se rompa.”

Bueno, frases así no te salen de primeras, pero date intentos y mira qué pasa.

A nivel neurocientífico, cuando escribes a mano activas varias redes a la vez: áreas motoras (movimiento), áreas visuales (forma y espacio), áreas del lenguaje y zonas relacionadas con la memoria y la emoción.

Por eso no es lo mismo escribir que teclear.

Cuando tecleas: el gesto es repetitivo (pulsas, no trazas), el cuerpo apenas participa (tu ojo no sigue el trazo que hace tu mano ni compara y corrige según lo haces) y el
procesamiento es más rápido y superficial (nada que ver con el latido de tu corazón).

El nivel de diálogo entre cerebro, cuerpo y emoción que consigue la escritura a mano es difícil de replicar.

 Y en niños, ese diálogo es aún más importante.

Porque su cerebro todavía se está construyendo.

Cuando un niño escribe a mano, no sólo expresa lo que le pasa. Lo ordena. Empieza a entenderlo.

Porque al hacerlo, baja el ritmo al que vamos normalmente. Elige palabras. Y en ese proceso empieza a reconocer algo clave: su
propia voz.

Y si sabe cuál es tu voz, puede diferenciarla de las que no lo son. Y de lo que sólo es ruido.

Así, poco a poco, construye su relato interno.

Quién soy.
Qué me pasa.
Qué está bien.
Qué no.

Y en un mundo que los bombardea con mensajes, eso es oro.

Por eso creé el Diario de Valientes. No es un libro bonito. Es un lugar donde parar. Donde escribir. Donde dibujar.

Y donde poder hacerlo sin prisas, hasta llegar a escribir al ritmo exacto de su propio corazón. Literalmente, como Shakespeare.  

Puedes descubrir el diario aquí.

En los márgenes

Vamos a probar algo. Coge papel y lápiz. Si te apetece y puedes, ponte esta canción de fondo.

Experience, de Ludovico Einaudi, utiliza aquí también patrones simples repetidos, que van creciendo. (Otro que no puede molar más, Ludovico).

Con música o sin ella, respira hondo varias veces.

Ahora imagina que estás en una playa. Una preciosa.

En la Playa del Silencio de Amorami, por ejemplo. No hay ruido. No hay nadie. Solo tú.

Sigue respirando tranquilamente. Y cuando notes que estás en calma, imagina que puedes escuchar dentro de ti.

¿Qué palabra o imagen aparece primero?

No lo pienses mucho. Solo obsérvalo.

Ahora escríbela. O dibuja, si lo prefieres. Lo que venga.

Y ahora, un paso más.

Ponte un sombrero. Uno como el de Indiana Jones.

De esos que le quedan bien a todo el mundo aunque no seas de llevar sombreros. Pareces un súper explorador, o una súper exploradora.

Vuelves a la playa. Pero ahora es de noche. Silencio máximo.

En tu expedición buscas algo valioso. Extremadamente valioso.

Ahora, ¿qué palabra sería tu hallazgo más importante?

Escríbela. Y observa cómo se siente en el cuerpo.

Porque a veces sólo necesitamos apagar el ruido, irnos lejos (aunque sea mentalmente) y mirar dentro, para reconectar con lo que es valioso para nosotros.

Por cierto, acabas de hacer el primer ejercicio del diario de Valientes, ¡enhorabuena!

Para descubrir más, es aquí.

Un abrazo,

Naomi

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