Era valiente y no lo sabía

¿Te ha pasado alguna vez?

Esta semana una madre me escribió para decirme que su hijo había terminado el Diario de Valientes y quería que habláramos para contarme algunas cosas.

Le llamé, claro.

Y hay una parte de la conversación que quiere que comparta contigo.

En un momento le pregunté cuál de todos los descubrimientos que había hecho en la Isla de Amorami era el que más le había sorprendido.

—Que soy valiente.

—¿No lo sabías?

—No… bueno, creo que sí… pero a veces pensaba que no.

—¿Sabes a quién le pasaba eso también?

—¿A quién?

—Al león del Mago de Oz.

Por si ahora tú tampoco caes, te refresco rápido la historia.

Dorothy y sus amigos se encuentran con un león de esos de rugido feroz, melena brillante y pinta devoradora.

Ataca al espantapájaros y al hombre de hojalata con un resultado lamentable (uno es de paja y otro de metal... ), y luego a Totó, el perro de Dorothy.

Ella se indigna porque se meta con un perro tan pequeño y le da un manotazo en el hocico.

Y entonces el león se derrumba.

Confiesa que actúa así porque en realidad es un cobarde. Todo le da miedo.

Así que cuando Dorothy le cuenta que en Ciudad Esmeralda hay un Mago que puede hacerlo valiente, decide acompañarlos.

En el camino pasan mil cosas. Y aunque el león sigue teniendo miedo, siempre protege a sus amigos. Los defiende y gracias a él, pueden seguir adelante.

Al final, tras haber superado todas las pruebas, descubren algo importante: el famoso Mago de Oz no era realmente un mago.

Y entonces el león entiende que nunca necesitó una pócima de valentía. Porque él ya era valiente.

Solo necesitaba darse cuenta.

El niño se queda callado al teléfono:

—¿Y a ti te ha pasado?

—Claro.

—¿Lo del león?

— Y lo de Dorothy también.

—¿Qué le pasaba a Dorothy?

—Que en realidad podía volver a casa cuando quisiera. Porque
había llevado todo el tiempo unos zapatos mágicos (y preciosos, por cierto). Solo tenía que creérselo y ponerse a caminar.

—¿Eso también te ha pasado?

—Sí. Y me sigue pasando. A veces se me olvida que ya soy
valiente. O que puedo ir donde quiera. Por eso siempre me compro zapatos bonitos. Para que no se me olvide. Así, cuando me pasa, me los miro y sigo haciendo lo que quería hacer.

Otro silencio. Pensé que igual no le había hecho gracia lo de los zapatos.

Y me dice:

—¿Y si se me olvida a mí? Mis zapatos del cole son normales…

Y yo pensé: jo, qué tío más listo y qué pregunta más importante. Y entonces me acordé de las cosas que me había estado contado. Y le di algunos de sus ejemplos.

—¿Ves? Tienes tu diario. Para eso lo has escrito. Si ves que
se te está olvidando, vuelves a leerlo y te lo recuerdas.

Y eso sirve para los niños, pero también para nosotros.

Parar, escribir las cosas importantes. Y volver a ellas cuando hace falta.

Puedes descubrir el Diario de Valientes aquí.

 

En los márgenes

Me quedé pensando en lo de los zapatos.

Y no lo había pensado, pero antes de darme cuenta de que también llevaba puestos unos zapatos mágicos, durante mucho tiempo yo tuve una Ciudad Esmeralda.

Allí vivía Don Enrique. El Largo.

Fue mi profesor de lengua y literatura durante tres años. De
esos profesores duros que te hablan de usted y no te pasan una tontería.

Y, curiosamente, nos llevábamos muy bien.

Digo curiosamente porque yo estaba en su lista de rebeldes reincidentes: cada dos por tres tenía que presentarme en el colegio a las ocho de la mañana.

La verdad es que me lo ganaba. Llegaba tarde constantemente.

Teníamos una especie de acuerdo silencioso. Yo llegaba tarde un día. Él me castigaba para el siguiente. Yo aparecía a las ocho
y cuarto en vez de a las ocho. Él hacía la vista gorda.

A veces hablábamos de libros. O me contaba cosas de su vida
con esa manera suya de hablar que parecía que no te estaba diciendo nada… aunque años después entendí que me estaba enseñando media vida.

El caso es que en primero de bachillerato me suspendió un examen de literatura medieval.

Fui indignadísima a revisarlo. A revisar en qué se había equivocado él, no yo.

Entonces me enseñó el examen.

Llenito de marcas rojas.

Cada “q”. Cada “tb”. Cada “xq”.

Don Enrique tenía una norma. Más de tres faltas: suspenso.

—Puede contarlas si quiere, Milady (así nos llamaba a las
chicas), aunque ya le aviso de que le va a llevar un rato.

Obviamente tenía razón. Él, no yo.

Así que envainé mi espada medieval y me fui resignada a esperar la recuperación.

Pero justo antes de salir, me llamó:

—Pocahontas…

Eso sólo me lo llamaba a mí. Por aquel entonces llevaba el pelo
larguísimo, iba siempre en vaqueros y tenía una pinta un poco hippie.

—Usted escribe muy bien como para hacer estas tonterías.

Y ya. No dijo más.

Tampoco creo que yo le diera mucha importancia. En ese momento
todo el universo se reducía a mi suspenso.

Pero el caso es que aquello se quedó conmigo.

Yo seguí escribiendo.

Aunque después estudiara ingeniería. Aunque trabajara con
datos y tecnología. Aunque mi vida pareciera ir por otro sitio.

Empecé a poner tildes en los SMS.

Sigo poniéndosela a “sólo” cuando es adverbio por mucho que ahora quieran convencernos de que da todo igual.

Que no puede ser lo mismo Tú solo, que Sólo tú.

Seguí escribiendo poemas, historias, cuentos… una novela.

En 2020, justo cuando empezó la pandemia, Don Enrique se
marchó.

Y a mí me dio muchísima pena no haberle enseñado nada de
todo aquello. No haberle contado que sí. Que seguía escribiendo.

Sin faltas. Sin tonterías.

Y que además me había pasado años estudiando cómo influye
escribir en el cerebro, en el cuerpo, en las relaciones y en la vida.

Y que entender eso me ayudó muchísimo también en mi trabajo.

Porque comprender las historias detrás de los datos es, probablemente, uno de los superpoderes más importantes que existen ahora mismo.

Y ahora me doy cuenta de que también gracias a eso pudo
nacer el Diario de Valientes.

Que va, precisamente, de hacer con los niños lo que El Largo
hizo conmigo: sugerirles que se escriban bien.

Porque durante mucho tiempo, aunque yo no lo supiera,
aquellas palabras de Don Enrique fueron mi Ciudad Esmeralda.

Hasta que un día descubrí que mis zapatos también eran
mágicos.

Y creo que eso es, en el fondo, lo que hace el Diario de Valientes:
ayudar a los niños a recordar que ellos también los llevan puestos.


Si quieres descubrirlo para tus hijos, o para ti, puedes
hacerlo aquí.

Un abrazo,

Naomi

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