El tatuador de Auschwitz

Sobre ir despacio

Ayer estuve con mis padres.

Cuando estoy con ellos siempre echo un ojo a los libros que tienen en la esquina de la mesa del comedor, que son los que están leyendo. Siempre son distintos porque van a una velocidad inexplicable y, si quieres saber las novedades buenas, están ahí.

Las malas no hace falta: ya me advierte mi padre según me ve asomarme, para que no pierda el tiempo.

El caso es que esta vez, sobre los libros había unos folios. Fui a apartarlos y me dice mi madre:

—Son tus newsletters. Me las imprime tu padre porque no me gusta leerlas en el móvil. Sale muy pequeña la letra.

Lo sé. Yo también me derrito.

—Falta la de hoy. Que me ha dicho que me va a gustar muchísimo. Aunque dice que has llamado El Largo a Don Enrique. Naomi…

Y me miró con la misma cara que pondría si me pillara cocinando cristal en el desierto o fuera yo acaso un expresidente de país democrático forrándose indebidamente. Esa mirada.

Mis padres son así: si está mal, está mal y punto.

Total, que se la leí. (Lo de El Largo ya no le pareció tan mal).

Y acabamos partiéndonos al irme dando cuenta yo solita de que justo muchas de las tildes que chuleo de que pongo y palabras que deberían estar por pura concordancia (y hasta decencia), me las salto olímpicamente.

—Te pasa mucho, cariño. Pero se entiende todo y están muy bonitas, no te preocupes.

De mi pandi, claramente.

Y mi padre igual: señaló sin miramientos al corrector de Word, lo justito que va de diccionario y las jugadas tan feas que hace en cuanto te descuidas. Llegó a mencionar al negro de Ana Rosa…

Lo que es el amor.

—Que no, que soy yo, que voy muy rápido.

Y es así. Repaso una vez y envío. Podría repasar más, pero no lo hago, que el tiempo es el que es y entonces habría otras cosas que no podría estar haciendo.

Y como estoy muy OK con esto, aprovecho y te pido ya perdón por todas las faltas que llevo. Y las que vendrán.

Y ahora que ya estamos en paz, te cuento a qué venía esta historia.

Venía a lo de ir muy rápido.

Me he dado cuenta de que hay dos tipos de ir muy rápido.

Está el voy muy rápido y acabo las cosas cuando ya están bien, pero no me quedo sacándoles brillo (que es el bueno).

Y está el como voy muy rápido, me sobrerrevoluciono y empiezo a perder el control de las cosas. Que ahí, con el control, se suele ir también el estándar de lo que sí es aceptable y lo que no puede ser de ninguna manera.

Vamos, esas cosas que mi madre tiene clarísimas y te hace saber.

Siempre que me pasa la segunda, me acuerdo de un chico que vi en un documental hace tiempo y se me pasa.

Yo lo vi ya de mayor. Un señor centenario que hablaba despacio.

Contaba cuál había sido su trabajo durante la guerra.

Era tatuador en Auschwitz.

Uno de los presos encargados de marcar los números en los brazos de quienes llegaban.

Contaba que los oficiales alemanes le exigían sólo dos cosas: que pudieran leerse y que los hiciera muy muy rápido.

Nada más.

Porque cuando uno va corriendo, lo importante es que funcione.

Y a un nivel más profundo, cuando estás deshumanizando a personas, lo importante es despojarlas de cualquier rasgo de dignidad.

Por supuesto, esos números no podían ser bellos. O delicados. No podían tener alma, claro.

Pero aquel hombre, ese chico (a quien, por cierto, le habían tatuado con trazos feos e irregulares), tomó una decisión.

Decidió que él, además de legibles y rápidos, los haría bonitos.

Imagina la escena. La presión de ese chico con la aguja, con un nazi repeinado y furibundo al lado.

Y él ahí, cuidando el trazo. Deteniéndose un poco más de lo necesario para hacer bien un número. Para que quien se lo viera, lo tuviera bien hecho. No como le habían hecho a él.

Este caballero explicaba que él quería que supieran que importaban. Que notaran que alguien los trataba todavía como personas.

¿Se puede ser más maravilloso?

Pues ahora vas a alucinar.

Llegó una chica. Él la tatuó. Y ella se fijó.

A ella le dieron otro oficio: costurera. Su trabajo consistía en deshacer dobladillos de abrigos, dobles fondos de las maletas, etc… para sacar las joyas o el dinero que pudieran llevar los reclusos escondidos.

Al acabar la guerra, los dos salieron de allí. Se casaron y se fueron a Australia. Como la mayoría de los supervivientes, vivieron como un millón de años. Por eso él estaba haciendo el documental.

Y no te sé decir mucho más porque como ya estaban bien, me quedé dormida.

Pero pillas la idea.

Que incluso en los lugares más oscuros buscamos la luz. Todo lo que nos recuerde que somos humanos.

Por eso lo que él hacía era tan importante.

Por eso ir deprisa está bien (que hay que avanzar en la vida y no ser tíos rollo…) pero hacer las cosas con cuidado e intención es imbatible.

Y por eso en el Diario de Valientes los niños no sólo escriben palabras bonitas.

También les invitamos a hacerlas bonitas.

A decorarlas. A dibujarlas. A ponerles colores. A hacerlas despacio…

Que es en realidad, nadar en contra, porque si te fijas, la mayoría de las veces lo que se les pide a los niños (exactamente igual que se nos exige a los adultos) es que venga, que se den prisa.

Como si tuviéramos a tipos repeinados asomándose por encima de nuestros hombros.

Para bajar el ritmo, es aquí.

 

En los márgenes

Cuando un niño se detiene a escribir algo importante con cuidado, esa idea cambia de lugar. Físicamente, en el cerebro.

Seguro que has escuchado o leído en algún sitio esto que decía Ramón y Cajal de que esculpimos nuestro cerebro según aquello a lo que le prestamos atención.

Pues Semir Zeki, un pionero de la neuroestética, demostró que la belleza activa en el cerebro circuitos relacionados con el placer, el significado y la regulación emocional.

Es decir: aquello a lo que nos exponemos cada día no sólo nos gusta más o menos.

También moldea la forma en la que sentimos y percibimos el mundo.

Y en los niños esto tiene todavía más impacto cuando la belleza está ligada a algo creado por ellos mismos.

Cuando un niño percibe sus propios dibujos, palabras o pensamientos como algo valioso, armónico o bonito, se activan procesos relacionados con autoestima, motivación y sensación de competencia.

El cerebro entiende: “esto que sale de mí merece cuidado. Yo merezco cuidado”.

Y por eso, el Diario de Valientes, funciona.

Tienes noventa días de belleza, aquí.

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