El Endurance y la Reina

Si te digo Amundsen, seguramente te venga el primer hombre que llegó al Polo Sur.

Si te digo Ernest Shackleton, seguramente no te venga nada. Porque no es el que sale en los libros. Y quizá debería.

Shackleton pasó años intentando conquistar la Antártida.

En 1909 llegó más al sur que nadie en la historia. Le quedaban apenas 180 kilómetros para alcanzar el Polo.

Lo tenía.

Pero echó cuentas: si seguían avanzando, quizá llegaran. Lo que ya no estaba tan claro era que todos consiguieran volver.

Así que dio media vuelta.

Renunció al Polo. Que fuera Amundsen.

Cinco años después zarpó de nuevo, en un barco llamado Endurance (Resistencia), con otro objetivo gigantesco: cruzar la Antártida de lado a lado.

2.900 kilómetros. A pie. En el hielo. (Una idea bastante regulera, si me preguntas).

En la expedición iban 29 personas.

Nunca llegaron a la Antártida.

En enero de 1915 se quedaron atrapados en el hielo del mar de Weddell, a semanas de la costa. Vivieron en el barco mientras el hielo lo aplastaba lentamente. Diez meses después, el casco cedió y el barco se hundió.

Estuvieron acampados sobre placas de hielo a la deriva, sin haber pisado siquiera el continente que venían a cruzar. Ahí se acabó la expedición.

Y ahí empezó su leyenda, claro.

No la de explorador, sino la de líder.

Reparan tres botes y zarpan todos.

500 días después, llegan a Isla Elefante: deshabitada.

¿Qué hace Shakelton?

Se monta en un bote con los 5 que mejor estaban aún. Llegan a Georgia del Sur. Por el lado deshabitado también. (Vaya).

Así que sin mapas, sin equipo y sin fuerzas ya, Shakelton y los otros 2 hombres que aún se tenían en pie, cruzan las montañas glaciares andando (algo que tampoco se había hecho jamás).

36 horas después llegan (por fin) a una estación de pesca de ballenas.

Desde allí, Shakelton organiza los rescates: primero de los tres hombres que se han quedado al otro lado de la isla y después, de los otros 23.

TODOS volvieron a casa.

Que, si te das cuenta, era el objetivo de Shakelton en todas sus expediciones. Por encima de llegar a destino. Por encima de ser el primero en algo.

¿Por qué te cuento esto?

Porque a veces nos enfocamos tanto en un objetivo pequeño, que perdemos de vista el esencial.

Hace unos meses, una de las primeras madres que compraron el Diario de Valientes me escribió un correo.

Estaba triste.

Hacía unas semanas habían invitado a su hija de diez años al cumpleaños de una compañera de clase.

Iba toda la clase. Y como no era una niña especialmente popular, le hacía muchísima ilusión ir.

El sitio era de esos que parecen la fábrica de Willy Wonka.

Había merienda. Había pintacaras. Había juegos. Hasta había que firmar un papel diciendo que, si la diversión se iba de las manos, no era culpa del local. Uno de esos.

En semejante fiesta cabía todo el mundo.

Todo perfecto.

Hasta que, pocos días antes, su hija llegó llorando.

La niña del cumpleaños le había explicado en el recreo, muy convencida, que ya no podía ir.

Que había una sorpresa.

Y que ella y otros tres niños se quedaban fuera.

La propia niña justificaba la decisión:

—Es que sólo caben dieciocho.

A su madre le sonó raro.

Llamó al local. Se ofreció a pagar ella las entradas de los cuatro niños.

Y entonces descubrió lo que había pasado.

La actividad principal admitía a todos. La merienda también. Los juegos y el pintacaras, también.

Lo único que tenía plazas limitadas era una actividad EXTRA.

Treinta minutos más.

Por media hora de diversión (que ni siquiera era para tanto, por lo que me dijo), los padres Organizadores habían sentado a la cumpleañera delante de la lista de sus veintidós compañeros y le habían pedido que eligiera a cuatro para desinvitarlos.

Y después esa niña había pasado un recreo explicándoles por qué ya no podían ir.

Y es que es verdad.

A veces las plazas son limitadas. Desafortunadamente, la sensibilidad de algunas personas, también.

En fin.

Coincidió que el fin de semana del macro cumpleaños organizamos la primera actividad del Círculo Amorami (ahora está cerrado). Y esa madre y esa hija se vinieron. Luego hicimos más cosas.

De hecho, hicimos muchas cosas durante esos tres meses. Y me alegra que fuera así.

Porque, después de ese cumpleaños, llegaron otros. Y volvió a no estar invitada. Y hubo otros feos, claro.

Porque eso es lo que ocurre a veces cuando los adultos validamos y hasta justificamos que se tache a un niño de una lista.

Esa madre volvió a escribirme hace poco (y está muy OK con que te cuente todo esto). Esta vez por el cumpleaños de su hija.

Y porque si algo tiene la vida, es sentido del humor.

Se encontraron exactamente delante del mismo dilema. Otro sitio de esos de los creadores de la Baticao.

También les ofrecieron una actividad extra. También tenía plazas limitadas. También duraba treinta minutos.

Y entonces ocurrió algo precioso: la niña no dudó.

—No. Se lo digo a todos. No quiero que nadie se ponga triste en mi cumple.

(Y ahora mismo yo podría parar de escribir y dar por concluido el proyecto, porque yo viendo esto ya he ganado en la vida.)

¿No te parece genial esta niña?

Cuando Shackleton volvió a Inglaterra con todos sus hombres, lo nombraron Sir.

Sin haber llegado al Polo Sur. Sin haber cruzado la Antártida.

Pero se convirtió en Caballero por algo mucho más importante: volvió a casa con todos.

Pues igual a esta niña no le han hecho (aún) una ceremonia de manto, cetro y corona, pero dime que no es una Reina.

Porque con diez años hizo algo dificilísimo. Reconoció el daño que le habían hecho a ella y decidió no hacérselo a nadie más.

Y ojo, que nuestro cerebro aprende por repetición. Aprendemos copiando.

Y cuando una experiencia nos duele, existe una tendencia muy humana a normalizarla. (Que si te das cuenta, era lo que hacía ella al principio).

Y entonces, un niño puede llegar a asumir que como es normal que a mí me excluyan -y no pasa nada porque se explica y ya está- ahora yo excluyo a otros.

Pero el cerebro también tiene otra capacidad aún más top: la reparación.

Por eso, cuando una experiencia difícil encuentra un espacio seguro donde entenderse, expresarse y resignificarse, deja de ser un guion que repetimos en automático.

Y pasa a convertirse en una elección en la que un niño puede decidir que hacer determinadas cosas no es de valientes. O ni siquiera aceptable.

Eso es lo que le pasa a los niños que se vienen a Amorami.

Aprenden tan bien a diferenciar lo que otros hacen o dicen de lo que ellos son, que cuando tienen que decidir, no dudan.

Como nuestra Reina de hoy.

Para postular a más Reyes para mañana, es aquí.

 

En los márgenes

"Si quieres llegar rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado."

No tengo claro si esto es un proverbio africano de verdad o uno de esos que internet ha decidido que lo son, pero me da igual porque la idea me encanta.

Si te fijas, Shackleton nunca dejó a nadie atrás.

Pero tampoco fue solo a ningún sitio.

Hasta el último tramo de la expedición, el más difícil de todos, lo cruzó acompañado.

La isla de Amorami no es una isla de hielo (gracias a Dios), pero yo también tengo la suerte de recorrerla con otras dos personas:

Carlos y María.

Los dos tienen sus propios proyectos. Sus propios clientes. Sus propias vidas.

Y, aun así, han decidido dedicar parte de su tiempo a remar también aquí.

¿Por qué?

Porque creen que este proyecto merece llegar a muchos más niños.

Al final, los proyectos nunca son tan distintos de las expediciones.

Salen adelante porque, un día, varias personas deciden apostar por la misma idea.

Si tú también quieres echarnos una mano para llegar a más personas, aquí tienes el enlace para invitarla a la isla.

Un abrazo,

Naomi

PD: Para vernos, además de leernos, quedamos en Instagram en @cartasdeamorami.

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