Cuando descubres que ya lo sabías.
Napoleón decía que un general debía poseer una cualidad imposible de enseñar. La llamaba coup d’œil. Literalmente, “golpe de vista”.
Era la capacidad de entrar en un campo de batalla, observar durante unos segundos y saber exactamente dónde estaba el punto decisivo.
Sus oficiales tardaban horas en analizar el terreno. Él ya había decidido.
No se lo inventó él. Lo copió de los generales prusianos, que añadían que si no lo entrenas, el coup d’œil se nubla.
Hoy sabemos que probablemente no era un don.
Era reconocimiento de patrones.
El cerebro reconoce cosas antes de poder explicarlas.
Y esta es una idea que me fascina. Porque creo que todos vivimos situaciones así en algún momento.
En 2017 viajé a Sudáfrica.
Habíamos visitado las Cataratas Victoria y nos habían recomendado muchísimo un restaurante para contemplar la puesta de sol cerca de ellas.
El sitio era espectacular. Una antigua casa colonial con jardines inmensos, un pianista tocando, sillones de mimbre con cojines de plumón y al fondo, las cataratas con un arcoíris encima, que de bonito, parecía pintado.
Ni una postal es tan perfecta.
Nada más sentarnos se acercó la encargada a saludarnos.
Yo me tensé. Y no le devolví la sonrisa. Fue más bien una mueca. Me llamó la atención, porque ella había sido encantadora.
Cuando se marchó, me fijé un poco más.
El sitio parecía tanto una postal, que las camareras (todas mujeres negras) llevaban uniformes de época.
El pianista (negro también), traje y zapatos del siglo XIX.
Incluso su peinado era de época. Un afro corto, bien pulido. No hay muchos hombres negros que lleven ahora el pelo así. Y en la época colonial, ese pelo era símbolo de acicalamiento y obediencia, no de distinción.
Me sorprendió haber registrado ese detalle sin haberlo pensado conscientemente.
Y me di cuenta de que lo que hizo que me pusiera tensa cuando llegó la encargada fue que ella (de ascendencia holandesa), no iba caracterizada.
Llevaba un traje de chaqueta negro y zapatos modernos. ZARA 2015, como mucho. Dos años, no dos siglos antes.
Nos marchamos antes de pedir.
Cuando el taxista nos dijo que no había muchos más sitios a los que ir y nos llevó de vuelta al hotel, me entraron algunas dudas, no me escondo.
Al fin y al cabo, acababa de reventar un plan que ni siquiera había organizado yo.
Quizá estaba exagerando, ¿no? Allí había mucha gente y nadie parecía tener ningún problema con los uniformes.
Pero mi abuela siempre decía: “de un frío, me fío”. Y cada vez he tenido más claro, que hay que fiarse.
Especialmente porque cuando prestas atención y ves una cosa, ya no puedes dejar de verla. Como en este caso, que seguían aplicando estamentos racistas.
A medida que avanzamos en el viaje y hablamos con más personas, me quedó clarísimo que aquella puesta en escena no era casual.
Mi cuerpo había llegado antes que mis palabras.
Las corazonadas no ocurren porque el cuerpo sepa cosas que el cerebro ignora.
Ocurren porque el cerebro ya ha registrado cosas que todavía no ha conseguido articular.
Mientras creemos que sólo estamos mirando una escena, nuestro cerebro está haciendo un trabajo inmenso.
El inconsciente capta miles de detalles que muchas veces (y si no lo entrenamos, más) ni siquiera llegan a la consciencia.
El tono de voz, una expresión fugaz, quién parece cómodo, quién no…
Compara todas esas señales con los miles de experiencias acumuladas durante nuestra vida.
Y, cuando detecta un patrón importante, envía un mensaje.
No en forma de pensamiento. Llega al cuerpo.
Como un nudo en el estómago, una tensión en los hombros. Una sonrisa que se queda a medio camino, o el impulso de marcharnos de un sitio.
O lo contrario.
Una sensación inesperada de calma, la impresión de que acabamos de conocer a alguien en quien podremos confiar, la certeza de que un libro merece la pena antes de terminar el primer capítulo, o que una ciudad, en la que nunca habíamos estado, tiene algo que se parece a casa.
El cuerpo no adivina. Habla el idioma que el cerebro todavía está aprendiendo a traducir.
Con esto no digo que las corazonadas siempre tengan razón. Nuestro cerebro está muy condicionado y también puede equivocarse.
Pero sí merece, al menos, que nos preguntemos:
¿Qué estoy percibiendo que todavía no soy capaz de comprender?
Aquel día mi incomodidad no nacía ni del restaurante, ni de los uniformes, ni, por supuesto, de las personas que trabajaban allí.
Nacía de estar en un lugar que chocaba con mis valores. Quizá también con los de otras personas que estuvieran allí. Pero en mi caso, al menos, eso implica marcharme.
Quizá a eso se referían los generales prusianos con lo de que el coup d'œil había que entrenarlo.
No porque hubiera que aprender a mirar.
Sino porque había que aprender a escuchar ese instante extraño en el que el cuerpo ya ha llegado y la cabeza todavía va de camino para entender, por fin, aquello que una parte de nosotros ya sabía de alguna manera.
Y creo que esa es una de las cosas más importantes que podemos enseñar a un niño.
No a obedecer todas sus emociones. Pero sí a reconocerlas
en el cuerpo para que pueda detenerse un momento y preguntarse:
¿Qué estoy percibiendo que todavía no sé explicar?
Porque a veces la respuesta será miedo. Otras, un prejuicio. Y otras una intuición valiosa.
Y eso hace el Diario de Valientes: entrena ese "golpe de vista" para que, cuando un niño sienta un nudo en el estómago, una alegría inesperada o la sensación de que algo no encaja, no tenga que elegir entre ignorarlo o dejarse arrastrar por ello.
Tenga una tercera opción.
Pararse. Escribirlo. Y descubrir qué era aquello que, en el fondo, ya sabía.
Esa tercera opción la tienes aquí.
En los márgenes
Mi abuela no se equivocaba. El taxista sí.
La mujer de la recepción del hotel nos recomendó un bar que a ella le encantaba.
A mí también me encantó.
Era una especie de chiringuito de madera construido en voladizo sobre un cañón desde el que la puesta de sol se veía aún más espectacular.
Todos los trabajadores, independientemente del color o rango, llevaban el mismo polo celeste.
El sitio no podía ser más alucinante y la comida estaba riquísima. Nos quedamos hasta el cierre, claro.
Cuando nos íbamos, uno de los camareros nos detuvo.
—¿Vais caminando?
—Sólo hasta la carretera. Ahí nos recoge el taxi.
—No podéis caminar por ahí ahora.
—¿Por qué?
—Porque es el camino de los hipopótamos.
Nos llevaron ellos mismos en coche. Parecía un concurso de esos de a ver cuántas personas caben en un Peugeot 206.
No vimos un solo hipopótamo. Pero me quedé la expresión para mí.
Porque hay caminos cuyo peligro no consiste en que parezcan amenazantes. Consiste precisamente en que parecen completamente normales.
Hasta que alguien que los conoce te dice:
—Por ahí, mejor no.
Y, con suerte, después de muchos años haciéndole caso a tus golpes de vista, llega un día en que eres tú quien lo reconoce sola.
O mejor aún:
—Todavía no sé explicarlo, pero sé que es por aquí.
Para ayudar a tus hijos y otros niños a reconocer cómo se siente un camino u otro en el cuerpo, es aquí.
Un abrazo,
Naomi
PD: Si te apetece, nos vemos también en Instagram en @cartasdeamorami.
0 comentarios