Describir la Primavera

El poema de Vivaldi.

Antes de que llegue el verano para terminar de derretirnos a todos (yo ya casi estoy), quiero que hablemos de La Primavera. Del concierto Nº1 en mi mayor de Vivaldi, concretamente.

De ESA primavera. La primera de las míticas Cuatro Estaciones.

Vivaldi estaba obsesionado con que la música describiera el mundo.

No emociones o pensamientos sostenidos de forma grandilocuente. Él quería escribir música que representara la vida tal cual es.

Que su música sonara como lo hace, por ejemplo, la primavera (con sus pájaros, su lluvia, su brisa… para que quien la escuchara se sintiera como si estuviera en una).

Y para conseguirlo, hizo algo bastante innovador en su época.

En lugar de escribir la música en función de lo que le evocaba a él esa estación, se dedicó a observarla. Le escribió un poema.

Describió la primavera.

Puso en palabras exactamente lo que veía.

Aquí cantan los pájaros.

Aquí sopla el viento.

Aquí llega una tormenta.

Aquí cae un trueno.

Aquí brotan las flores.

Y sólo después escribió la música. Le hizo un concierto.

Debajo de la palabra trueno aparecían las notas exactas a las que suena uno. Concreto. Preciso. Como si estuviera traduciendo el mundo a otro idioma.

¿Se puede ser más genio?

Pues aparentemente sí.

Porque en su época pasó bastante desapercibido. La música de entonces buscaba solemnidad, emociones y virtuosismo (Bach, Haendel... ese rollo).

Vivaldi, en cambio, estaba intentando que un violín sonara a pájaro. O a viento. No jugaban exactamente al mismo juego.

(De hecho, una serie de circunstancias bastante desafortunadas acabaron llevándolo a morir endeudado y sin mucha pena o gloria).

Pero cuando dos siglos después (principios del siglo XX), su obra fue recuperada y volvieron a escucharse Las Cuatro Estaciones, su éxito fue incontestable.

¿La razón?

El público vio desplegarse la primavera delante de ellos.

Y después, tres estaciones más.

Como si estuvieran viendo una película hecha doscientos años antes de que existiera el cine.

Genio, pero genio de la geniería.

¿Y por qué te cuento esto?

Porque me parece una idea preciosa el hecho de que para hacer sonar la primavera, Vivaldi tuviera que aprender primero a verla y después, a ponerla en palabras.

Vale.

Pues hace unas semanas me invitaron a dar una ponencia en una universidad. Era la final de un concurso de proyectos de datos e inteligencia artificial para alumnos de la ESO y Bachillerato.

Yo tenía preparada una charla llena de casos de esos de volvernos todos locos y molar fuerte.

El día de antes me pasaron las presentaciones de los equipos finalistas.

Había un cole gallego en el que los chavales se habían puesto a encuestar a sus compañeros desde segundo de ESO a bachillerato.

Me quedé atónita con lo que contaban: 

Más de cinco horas al día de móvil de media. Sólo móvil. (Tablet, videojuegos o televisión, aparte).

Uno de cada ocho chavales consultaba sus dudas sobre sexualidad o cambios físicos con la Inteligencia Artificial.

Y uno de cada diez decía hablar con ella cuando estaba triste.

Con ella. Con chats diseñados para inflarte el ego cuyas respuestas la mayoría de las veces mezclan alegremente una tesis con un chat de forocoches, mientras le pasa un informe de quién eres a un tío
en California.

ESA es a la que los chavales le están contando que están tristes.

Cambié la charla por completo, claro.

Les hablé de pensamiento crítico. De atención. De la importancia de parar.

De escucharse.

De aprender a nombrar las cosas.

De ser precisos con el lenguaje, que es la base del pensamiento y también de la realidad que terminamos habitando.

Y también la base para que puedan usar la IA o cualquier otra tecnología. Y no al revés.

Porque quizá, sólo quizá, lo urgente, lo innovador y lo revolucionario (especialmente para los chavales) ahora sea hacer cosas como pararse y aprender, por ejemplo, a describir la primavera.

A distinguir la brisa de la lluvia,

la lluvia de los truenos,

o cosas como que lo que siente tiene nombre.

Que lo que le preocupa tiene nombre.

Que lo que le ilusiona tiene nombre.

Y que cuando encuentras la palabra adecuada, el mundo deja de parecer un lugar tan confuso.

Eso es exactamente lo que hacemos en el Diario de Valientes.

Durante tres meses les invitamos a recorrer la Isla de Amorami observando, escribiendo, dibujando y poniendo palabras a las cosas importantes.

A las que pasan fuera.

Y a las que pasan dentro.

Porque conocerse a uno mismo es una habilidad mucho más valiosa que cualquier tecnología que vaya a existir dentro de diez años.

Si crees que a tu hijo, sobrino o algún niño que quieres le vendría bien hacer ese viaje, puedes descubrir el Diario de Valientes aquí.

 

En los márgenes

Tengo un amigo daltónico.

Cuando era pequeña estas cosas me impresionaban muchísimo.

—¿Pero entonces tú cómo sabes que eso no es verde?

Lo del verde me intrigaba mucho. Supongo que yo llevaría especialmente mal no verlo.

Y él con toda la paciencia me iba señalando morados, rojos y granates.

—Pero a lo mejor a lo que tú llamas morado es verde oscuro. — (No, yo no me rindo tan fácil).

Esta semana he leído una cosa que me ha hecho acordarme de aquellas conversaciones.

Durante mucho tiempo, algunas culturas no tuvieron una palabra específica para el azul tal y como la usamos hoy.

El cielo estaba ahí.

El mar también.

Pero los colores se agrupaban de otra manera.

Y esto del azul es fascinante porque varios estudios sugieren que las palabras que usamos influyen en los matices que distinguimos con más facilidad y, por tanto, en aquello a lo que prestamos atención.

No porque nuestros ojos funcionen de manera distinta.

Sino porque nuestro cerebro sí lo hace.

La atención actúa como un filtro. De toda la información que recibimos cada segundo, sólo una pequeña parte llega a nuestra conciencia.

Y las palabras ayudan a decidir qué pasa por ese filtro.

Por eso aquello que aprendemos a nombrar empieza a destacar sobre el resto.

Y quizá por eso, cuando aprendemos palabras como gratitud, calma o valentía, dejamos de encontrarlas por casualidad.

Y empezamos a reconocerlas.

Como si siempre hubieran estado ahí.

Esperando a que aprendiéramos a verlas.

Pues otro día te cuento exactamente qué les pasa a los niños después de encontrar sus mejores palabras, decorarlas y repetírselas durante tres meses en su aventura por Amorami.

Es una belleza.

Hay que atreverse a hablarse bien.

Y por eso nuestro Diario, es de Valientes.

Un abrazo,

Naomi

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