Cortar las patas de la silla

Niños de colores. 

La semana pasada mencioné a los niños de colores, en referencia a las neurodivergencias.

Te recuerdo:

Últimamente varias personas me han preguntado si el Diario de Valientes sirve para niños de colores y mi respuesta siempre es la misma: sí.

Una persona me escribió al respecto. Le había gustado mucho la expresión. También me dijo que es importante usar esas siglas.

Y tiene razón.

Nombrar algo ayuda a entenderlo. Puede darte acceso a recursos. Puede explicarnos a los padres por qué nuestro hijo hace algunas cosas de manera diferente.

Puede incluso ser un alivio.

Pero también puede convertirse en una etiqueta.

Y esto igual sólo me pasa a mí, pero lo que no me gusta de las etiquetas es que se pegan y además despistan.

En mi cabeza funcionan como un Post-it que le colocas a alguien en la frente y, como no tengas cuidado, empiezas a mirar ahí en lugar de a la persona que hay debajo.

Ves la particularidad de la etiqueta, pero te pierdes todos los demás matices.

Todos sus colores, vaya.

Y eso me ha hecho pensar en las etiquetas, del tipo que sean, que todos llevamos encima.

Por eso hoy te quiero contar la historia de una silla. Y del chico que se sentaba en ella.

Glenn Gould.

Uno de los pianistas más extraordinarios del siglo XX.

Tocaba encorvado. Con la nariz pegadita a las teclas. Se balanceaba.

Movía la mano que tenía libre como si dirigiera una orquesta imaginaria.

Y tarareaba (en alto) mientras tocaba.

Vamos, que lo de que tocaba como nadie era literal. Y por eso, los maestros lo rechazaban y lo tuvo que formar su madre.

¿Qué hizo su padre?

Cogió una silla plegable y le cortó las patas.

La dejó a unos treinta centímetros del suelo. Lo necesario para que su hijo pudiera tocar tan bajo como quería.

Y funcionó, claro.

Gould terminó formándose con grandes maestros y, con veintitrés años, su grabación de las Variaciones Goldberg de Bach lo lanzó internacionalmente.

Pero lo que me interesa viene antes.

Imagínate a sus padres mirando a aquel niño encorvado, balanceándose y canturreando, y resistiendo la jugosísima tentación de decirle:

—Glenn, siéntate bien.

O:

—Ponte derecho.

Ellos miraron la silla.

Y fue lo que corrigieron para que él pudiera tocar a su manera.

(¿Se puede ser más crack que esa pareja?)

Gould llevó aquella silla consigo durante casi treinta años.

A conciertos. A estudios de grabación. De viaje.

Se rompió. La repararon. Volvió a romperse.

Acabó tan deteriorada que prácticamente sólo quedaba el bastidor.

Daba igual.

Era SU silla.

Y sentado en aquella cosa desvencijada, a su aire, Glenn Gould grabó algunas de las interpretaciones de Bach más famosas de la historia.

Años después de su muerte, algunos autores apuntaron que varias de sus peculiaridades podrían encajar en lo que hoy llamamos Asperger.

Gould nunca recibió ese diagnóstico.

Pero antes de que nadie intentara ponerle esas letras, ya había recibido otra etiqueta:

Genio.

Por eso a mí me gustan más los colores que las etiquetas.

Porque donde una etiqueta confina, un color te invita a seguir mirando.

Azul.

Vale.

¿Pero qué azul?

¿Azul tinta? ¿Azul como un mar chiquitito? ¿Y qué ocurre cuando le da la luz?

Pues lo mismo con las personas.

Y más, con los niños.

Porque a todos nos han dicho alguna vez que nos sentemos bien cuando, quizá, el problema era la silla.

O que bajemos un poquito la intensidad para no destacar tanto en la habitación.

Que es exactamente uno de los grandes miedos que provoca el bullying en los padres: que nuestro hijo sea el diferente. Que destaque. Que haga algo raro.

Lo entiendo perfectamente.

Porque cuando quieres proteger a alguien, una de las soluciones más tentadoras es enseñarle a no sobresalir.

Pero entonces, sin darnos cuenta, podemos ser nosotros quienes empecemos a apagarles el brillo.

Justo para trabajar eso sirve el Diario de Valientes.

Durante doce semanas los niños juegan a observarse, poner nombre a lo que sienten, reconocer qué les hace bien y qué no, y descubrir sus recursos.

Y cada domingo tenéis la oportunidad de sentaros juntos y que le ayudes a descubrir cuándo tienen que ponerse derechos...

y cuándo tienes tú que cortarle las patas a su silla.

Para acompañarlos a crecer tan valientes como son (tengan los colores que tengan), es aquí.

 

En los márgenes

En la zona de Rávena, al norte de Italia, hay unos mosaicos muy particulares y distintos a los de cualquier otro sitio.

A diferencia de la mayoría, en los que las piezas son planas, en estos están colocadas en ángulos diferentes.

Teselas de piedra, vidrio y oro, que de cerca, incluso podría parecer que están puestas con desgana.

Y entonces te alejas.

Y descubres que esas pequeñas diferencias hacen que cada tesela recoja y devuelva la luz de una manera distinta.

Y cuando tú te mueves, el mosaico también parece hacerlo. Va contigo.

Unas piezas se iluminan. Otras se apagan. Otras empiezan a brillar.

En el Mausoleo de Gala Placidia llevaron esa técnica a un lugar precioso: cientos de pequeñas teselas construyen sobre tu cabeza un cielo azul profundo lleno de estrellas doradas.

Y cuando la luz cambia, parece que las estrellas titilen.

Me parece una imagen preciosa para empezar el fin de semana.

Porque a veces pasamos tanto tiempo uniformando las piezas para que todas miren en la misma dirección, que se nos olvida que la gracia es que cada una lo haga en la dirección que debe.

Si cuando lees estas newsletters te acuerdas de alguien y quieres recomendárselas, o en su defecto, aprovechar y proponerle un viaje a Italia, reenvíasela y que se dé de alta aquí.

Nunca sabrá por cuál de las dos se la reenvías. De nada. 

Un abrazo,

Naomi

PD: Recuerda que nos vemos también en Instagram en  @cartasdeamorami.

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