Quince estrellas.
Hoy te traigo un cuento chino pero quédate conmigo.
Una rana llevaba toda la vida mirando el cielo desde el fondo de un pozo. Estaba convencida de que aquel era todo el cielo que existía.
Y estaba feliz allí. Un día se asoma al pozo una tortuga del Mar del Este y le dice la rana:
—Mira, ¿quieres ver el cielo desde aquí? Se ve todo y es precioso.
La tortuga la mira un poco extrañada, pero no dice nada.
Como la rana sigue contándole orgullosísima el número de estrellas que se ven desde su pozo, la tortuga le cuenta que desde fuera se ven algunas más:
—Cuántas, ¿diez más?
La tortuga niega con la cabeza.
—¿QUINCE?
La tortuga vuelve a negar con la cabeza.
—Va a ser mejor que salgas a verlo...
¿Por qué te cuento esto?
Porque últimamente hay una pregunta que se repite mucho.
—¿El Diario de Valientes sirve para niños de colores?
¿De qué colores?
De los que tengan. Como tú. Como yo.
En algunos casos esos colores vienen acompañados de unas siglas.
La respuesta sigue siendo la misma: Sí.
La cuestión es que estas preguntas me han recordado a una conversación que tuve con una madre hace meses.
Se acercó a preguntarme justamente eso, si el Diario le serviría a su hija.
Estaba en un colegio de educación especial en el que llevaban más de un curso acosándola de forma muy grave.
(Único colegio cercano a donde vivían en el que recibir los apoyos que necesita en educación obligatoria).
Habían hablado con el colegio. Con otros padres. Nada.
La habían cambiado de clase. Todo había seguido igual.
Habían hablado con la administración. (Con varios organismos de los cientos de miles que hay, por lo que me dijo).
Habían pedido ayuda a otras instituciones. Habían insistido.
Nada. Nada. Nada.
Había tenido que seguir mandando a su hija a ese colegio cada día.
Le expliqué que el Diario podía ayudar a su hija. Pero sólo hasta un punto. No era la solución. El problema era el contexto.
Entonces me hizo otra pregunta.
—¿Y tú qué harías en mi lugar?
Me quedé callada.
—No lo sé.
Y sigo sin saberlo. Así que le conté una cosa que me pasó a mí, por si podía ayudarla.
Cuando yo tenía como quince años llegué un día contando una situación que a mi madre no le gustó nada. ¿Qué hizo ella? Me cambió de colegio ipso facto.
Me mandó el verano fuera y empecé el siguiente curso en otro colegio, en una zona completamente distinta de Madrid.
BOOM.
Se acabó el problema. (Así funciona mi madre).
¿Nos mudamos? No. ¿Pidió ayuda a alguna administración? No creo ni que se lo planteara.
Simplemente empezamos a madrugar mucho más.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que después de que mi madre hiciera eso, muchas de las decisiones que más han cambiado mi vida empezaron igual. Me fui de un sitio.
De un país, de un trabajo, de un proyecto o incluso de una idea sobre quién creía que tenía que ser.
En mi caso, todas esas veces elegí irme (que si te
fijas, contiene la palabra elegirme).
Lo hice porque había dejado de creer que aquel trocito de cielo era todo el cielo que existía.
Y siempre ha pasado lo mismo.
Que, efectivamente, había más de 15 estrellas.
(Y esto que te cuento no significa absolutamente nada para la decisión que ella tenía que tomar. De eso sigo sin tener ni idea).
Pero creo que ése es el verdadero sentido del cuento.
Cuando llevamos mucho tiempo dentro de un mismo contexto, nuestro cerebro empieza a confundir los límites de ese lugar con los límites del mundo (o del cielo).
Creemos que ese trabajo son todos los trabajos. Que esa amistad son todas las amistades. Que ese colegio son todos los colegios. Que esa forma de vivir es la única posible.
Y entonces empezamos a intentar acomodarlo: movemos una piedra para sentarnos mejor, buscamos el rincón donde entra más luz y hasta aprendemos a estirar un poco el cuello para ver alguna estrella más.
Pero no es verdad.
Es nuestro cerebro construyendo modelos del mundo a partir de la experiencia. Que está muy bien y tiene mucho sentido para sobrevivir, pero si te fijas, de vivir, te quita todas las ganas.
Por eso cambiar de contexto no sólo cambia lo que vivimos. A veces cambia también lo que creemos posible.
Y entonces pasas del: "¿Cómo hago este pozo un poco mejor?"
Al: "¿Y si el cielo no termina donde yo creo que termina?"
Pues eso lo practicamos con el Diario de Valientes.
Durante tres meses, los niños van conociéndose tan bien y gustándose tanto, que cuando algo no encaje o el contexto pretenda definir quiénes son, lo van a notar.
Y entonces pueden pedir ayuda. O decidir ellos mismos si quieren quedarse o irse.
Porque quizá crecer consiste precisamente en eso.
En descubrir, una y otra vez, que el mundo siempre es más grande que el trocito de cielo que tienes ahora delante.
Para ayudar a un niño a descubrir que se puede perder la cuenta de las estrellas que hay en el cielo, es aquí.
En los márgenes
Durante siglos, los cartógrafos europeos dibujaban monstruos en los bordes de sus mapas.
Algunos, incluso, incluyen la inscripción «Aquí hay dragones» en latín, para darle más empaque.
(Y ahora dime que no te lo puedes pasar bien casi en cualquier trabajo).
El caso es que esta gente lo hacía para señalar territorios no explorados.
¿Habían visto dragones acaso?
No. Pero era su forma de decir:
—Y a partir de esta línea, si avanzas y te come un grifo, ya es cosa tuya.
Con el tiempo descubrimos que detrás de esa línea no había dragones ni monstruos marinos.
Había océanos, islas y continentes enteros con los que pintar nuevos mapas.
Cada cierto tiempo, la vida nos lleva justo hasta uno de sus bordes. Y da miedo, claro.
Pero si algo nos ha enseñado la historia es que cada vez que alguien se ha atrevido a cruzar una de esas líneas el mundo se ha hecho un poco más grande.
Exactamente igual que el cielo fuera del pozo.
Para ampliar los mapas, es aquí.
Un abrazo,
Naomi
PD: Recuerda que nos vemos también en Instagram en @cartasdeamorami.
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