Sobre aprender a mirar.
Primero de todo: apunta, por favor.
Miércoles 30 de septiembre.
- 19:00 h (España peninsular).
- Tú y yo nos vemos en un workshop para familias de Amorami.
- Es gratis. Pero, sobre todo, te es ÚTIL para el nuevo curso.
Para el 30 de septiembre ya nos habrán bajado a todos las pulsaciones de la vuelta al cole y será buen momento para revisar juntos qué señales observar, cómo reforzamos la autoestima de nuestros hijos y cómo le sacamos partido al Diario de Valientes, tanto si ya lo habéis hecho como si empezáis ahora.
Te cuento más la próxima semana. Tú, de momento, guárdame ese día.
Ahora sí.
Hoy te traigo mariposas en el siglo XVII.
Por aquel entonces, se consideraba a los insectos Bestias del Diablo.
Pero en Frankfurt una niña de trece años, Maria Sibylla Merian, no piensa lo mismo y empieza a guardar orugas en una caja.
La operación la conoces:
Agujereas la tapa. Las recoges. Las llevas a casa. Les das hojas de morera. Y esperas.
La diferencia es que cuando tú lo hiciste (y yo también), seguramente alguien nos había contado lo que iba a pasar.
A ella no.
En 1670 todavía no se comprendía bien la metamorfosis de los insectos y seguían circulando ideas bastante peregrinas sobre de dónde salían.
Ella quería saber qué ocurría y en vez de creerlas, hizo algo más sencillo.
Miró.
Observó qué plantas comían las orugas. Cómo crecían. Cómo formaban la crisálida. Y qué salía después de allí.
Lo dibujó. (Que para eso su padre era pintor).
Pero no se limitó a plasmar sólo mariposas bellas.
Ilustró todo el proceso con precisión de cirujana: la planta, el huevo, la oruga, la crisálida y la mariposa.
Todo lo que ocurría antes de que aparecieran las alas.
Con los años se convirtió en una naturalista y entomóloga extraordinaria. Y pionera, claro.
A a los 52 hizo algo bastante poco habitual para una mujer de finales del XVII: se embarcó hacia Surinam para estudiar insectos tropicales.
No quería que se los enviasen. Prefirió ir ella y seguir mirando.
Una genia, la dama.
Porque hasta entonces todo el mundo había visto mariposas.
Pero Sibylla aprendió a ver todo lo que había que mirar para comprenderlas.
Y después dibujó lo que había aprendido para que otros también pudiéramos verlo.
Lo hizo tan bien que hoy hay nueve mariposas y seis plantas que llevan el nombre de Sibylla.
Y eso me encanta.
Porque gracias a sus libros ilustrados, no tenemos necesidad de aprender de mariposas de cero, como hizo ella.
Basta con abrir uno de sus libros, (ilustrados por ella, claro), para así saber antes y mejor en qué fijarnos cuando tengamos una mariposa delante.
Esto, en realidad, lo hacemos constantemente.
Yo hace años entendí muy bien la importancia de ir con alguien que sepa. A unos seis mil metros de altura, concretamente.
Fue subiendo el Chachani, un volcán de 6.100 metros en Perú. Subíamos con un guía.
Y desde el principio hizo una cosa que a mí me desesperaba un poco: ir despacio.
Pero despacio de verdad. Despacio de venga, hombre.
Y además parábamos. Muchísimo.
Ufff…
Yo hubiera querido ir más deprisa.
Pero él sabía algo que yo no: que poder ir más deprisa no significaba que nos fuera bien hacerlo.
A esa altitud, la presión atmosférica disminuye y nuestro organismo dispone de menos oxígeno en cada respiración. El cuerpo necesita aclimatarse y además, cuanto más suaves son los movimientos, menos energía consumes y menos oxígeno necesitas.
Así que mientras nosotros pensábamos que estábamos perdiendo tiempo, nuestro guía estaba consiguiendo exactamente lo contrario: que pudiéramos llegar con energía hasta arriba.
Y casi lo hicimos.
Nos quedamos a poco más de cien metros de la cima.
Allí experimentamos lo que es que respirar no sea suficiente.
Yo había hecho buceo en apnea, así que sé lo que es tener ganas fuertes de respirar, créeme.
Pero aquello era diferente.
En apnea, cuando necesitas aire, sales y respiras.
Allí respiraba y respiraba. Y seguía faltándome oxígeno.
Tres pasos. Te agotas. Paras. Respiras. Otros tres. Paras otra vez.
Y pensé:
<<No me llega suficiente oxígeno.
A mi cerebro no le llega suficiente oxígeno.
A mis células no les llega suficiente oxígeno (No sé tú, pero yo pienso muchísimo en mis células).
Me bajo.>>
Lo hablamos y decidimos bajar todos. Había dejado de ser divertido y pasado a ser un sufrimiento.
El guía se sorprendió. Nos dijo que íbamos bien y que, al haber sido disciplinados durante la subida, teníamos margen para llegar.
Él conocía la montaña. Había visto a muchísima gente subir.
Pero la decisión fue nuestra.
En cualquier caso, si llegamos hasta allí, fue porque él nos guio.
Y hay algo bastante bonito detrás de esto.
Los niños necesitan espacio para descubrir las cosas por sí mismos y para ir aprendiendo a decidir. Pero ese descubrimiento puede enriquecerse muchísimo cuando alguien prepara bien el camino.
Pone una pista aquí.
Hace una pregunta allá.
Introduce un juego.
Deja que aparezca una respuesta.
Y espera.
Eso es aprendizaje guiado. Y cuando además ocurre jugando, pasan cosas muy interesantes.
Porque el juego permite probar, imaginar, ensayar posibilidades y acercarnos a temas que, preguntados directamente, pueden ser mucho más difíciles de abordar.
Y ésa es precisamente la idea que hay detrás del Diario de Valientes.
La razón de que haya una historia, símbolos y metáforas.
Hay juego.
La Brújula permite explorar cómo nos sentimos. El Dragón acercarnos poco a poco a lo que nos da miedo. Y determinadas preguntas aparecen en momentos concretos porque hay un recorrido pensado detrás.
Parece una aventura.
Y lo es.
Pero mientras juegan también están aprendiendo a observarse, poner palabras a lo que sienten, reconocer sus recursos y ensayar qué pueden hacer cuando algo se complica. Y el cuerpo lo va interiorizando.
Muchas veces alguien me dice:
—Mi hijo tiene 12 años. Tiene 13. ¿No será demasiado mayor?
No.
Porque no cumplimos una edad en la que nuestro cerebro deja de aprender jugando.
Al cerebro lo que mejor le siguen llegando son historias, metáforas, imaginación y símbolos, también de adultos.
Sólo que a partir de cierta edad (y no sé bajo qué mandato) parece que necesitamos llamarlo de otra manera para que nadie sospeche que nos estamos divirtiendo.
De hecho, hay adultos que han hecho el Diario. (Y se han divertido, pero también han visto muchas cosas).
Así que quizá la pregunta no sea hasta qué edad sirve el juego, sino en qué momento decidimos que somos demasiado mayores para permitirnos jugar. Aunque eso es otro tema.
El caso es que durante doce semanas, el Diario no le da al niño las respuestas. Le da las preguntas y los símbolos para que aprenda a escuchar (y diferenciar) su propia voz de la ajena… o del ruido.
Al igual que en Chachani, alguien ha pensado el recorrido y les propone parar aquí o mirar allá. Pero las mariposas, al final, las encuentran ellos solos.
Para acompañarlos a encontrar las suyas, es aquí.
En los márgenes
Estos días ha vuelto a aparecer una historia que me impresionó la primera vez que la leí.
Anthropic, la empresa detrás de Claude, compró millones de libros físicos para entrenar sus modelos de inteligencia artificial.
Les quitaron las encuadernaciones, cortaron las páginas, las escanearon y desecharon los originales.
Y hay algo en esa imagen que a mí me chirría: destruir libros para construir inteligencia. Ojo.
Sobre todo porque un libro también es tecnología. Y una bastante sofisticada, por cierto.
Antes hubo tablillas, papiros, pergaminos, códices, copistas, tipos móviles, imprentas...
Generaciones de seres humanos buscando durante siglos cómo conseguir que una idea pudiera sobrevivir a la persona que la había pensado.
(Si te fascina el tema como a mí, Irene Vallejo lo cuenta deliciosamente en El infinito en un junco).
Nuestros hijos están creciendo en un mundo digital y muy bien todo.
Pero que se hayan destruido libros enteros para hacerles llegar la información seleccionada, ordenada o resumida da para plantearse cosas.
Briznas de información convenientemente filtradas.
¿Convenientemente para quién?
Pues eso.
Por eso soy muy fan de educar también en lo físico. Tocar libros. Leerlos. Escribir a mano. Volver atrás. Subrayar.
Buscar algo que nadie haya decidido previamente que merece tu atención.
Es una de las razones por las que el Diario de Valientes es de papel (bueno). Y grande. El Diario ocupa espacio.
Porque eso le dice al niño que lo que escribe ahí también merece ocupar espacio en el mundo. Y el cerebro, que trabaja con símbolos, lo interioriza.
Es como esos códices e incunables que se exponen en vitrinas en la Biblioteca Nacional, que los ves y piensas: ahí se escribieron cosas importantes.
Pues el Diario, igual: Un librazo para cosas importantes.
Lo que piensan, lo que sienten. Lo que van descubriendo de sí mismos.
Y escrito a mano, que tampoco es lo mismo que pulsar teclas, ya lo hablamos.
Papel. Lápiz. Y un Diario que ocupa sitio.
Tecnología punta sólo para valientes, aquí.
Un abrazo,
Naomi
PD1: Estos días he estado en Galicia, en un sitio súper bonito y ayer, mientras desayunaba, empezó a sonar Valiente, de Vetusta Morla. Me puso contenta, porque esa canción me la he gastado yo.
Como va perfecta con lo que hablamos y antes de que me la acabe, te la dejo hoy, si quieres, para tu desayuno.
PD2: 30 de Septiembre. 19:00h (18;00 en Canarias). Resérvalo, que nos vemos.
PD3: Y también en Instagram en @cartasdeamorami.
PD4: El primer libro llamado Metamorfosis es de nuestra Sybila. El de Kafka llegó después. Dato.
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