O cómo mandar a alguien a la playa… y que se vaya silbando
Quédate hasta el final, que te doy el manual completo.
Estos días hicimos una sesión online con los padres del Círculo Amorami.
El círculo está ahora mismo cerrado a las familias con las que lo pusimos en marcha, pero en la videollamada comentamos cosas que me tienen fascinada y te quiero compartir.
Revisábamos con los padres el trabajo que han ido haciendo en casa a partir de unas clases de ballet que hicimos con los niños hace unas semanas. Ballet sin tutús, que nadie se líe. Chicos y chicas.
Bueno, no son exactamente clases de ballet.
Aplicamos movimientos de ballet y de yoga, pero no va de movimientos o posturas. Va de respiración, de alineamiento corporal y de, jugando y con música bonita, habituar al cerebro y al sistema nervioso a sentirse cómodos con ocupar espacio en el mundo.
No revelaré detalles porque soy discreta. Pero os diré que hay niños que ahora van por ahí recordándose subir la barbilla, echando los hombros bien atrás y realineando el cuerpo como un collar de perlas cada dos por tres.
Molando fuerte, vaya.
De hecho, hay uno que ha descubierto lo chulito que es y te pone los brazos en jarras a la menor oportunidad. Y hasta si no hay oportunidad. Él los pone y que la vida le siga.
Bravo.
Lo más importante es lo que hacen en casa con el Diario de Valientes acompañados por sus padres. Ahí es donde están saliendo cosas espectaculares. De verdad, lo que está pasando con estos niños es una auténtica preciosidad.
El caso es que al final de la sesión, cuando la psicóloga que vino a ayudarnos ya se había ido y estábamos a punto de cerrar, salió un temón:
Una situación de esas en las que alguien, con una actitud que deja muchísimo que desear, te reta.
Te reta a que lo mires a los ojos y lo mandes a tomar viento fresco como se merece.
Y el caso es que cuando te lo cuentan, lo ves clarísimo.
Pero en el momento, tú dudas. Y yo también dudo, porque también me ha pasado.
Te dan ganas, pero te muerdes la lengua. Por prudencia. Por no montar un lío. Por no empeorar las cosas. Y menos en el cole de tus hijos. Igual que no lo haces en el trabajo.
Lo entiendo. Durante mucho tiempo yo fui bastante evitativa. ¿Que la aguja se mareaba? Me iba. Cambiaba de conversación. De sala. De situación.
Hasta que un día di con la frase perfecta que te resuelve el problema rapidito. Es de Churchill y no puede gustarme más:
"el tacto consiste en mandar a alguien a la mierda y que se vaya contento".
Genio.
Desde ese momento, lo tuve claro: lo que nos falla a muchos no es el qué, es el cómo.
Por aquel entonces yo trabajaba en entornos muy masculinos en los que, a veces, se colaba el garrulismo. De ellos o de ellas, que la estupidez no distingue. Las conversaciones subían de tono y se decían cosas que no iban conmigo o se usaban formas que yo jamás usaría con alguien.
Yo procuraba no entrar, zanjaba el tema y me borraba de ese entorno lo antes posible. Pero si algo nos enseñó el cuento del Rey Desnudo es que no decir lo que no encaja solo lleva a situaciones absurdas. (Con lo fácil que era un “señor vístase, que me queman los ojos”, por parte de alguien del servicio… en fin).
Conclusión: los límites no es que sean necesarios. Es que son imprescindibles.
Si viene un vecino maleducado y te deja su bolsa de basura en la puerta de tu casa,
no pasa nada por decir: “Eso no puede quedarse aquí. Llévatelo. Ahora.”
Porque cuando no lo decimos pasan tres cosas:
La primera es que la basura se queda ahí. Macerando.
La segunda, tu vecino se viene arriba. Ojo con eso, que también va a ir a más.
Y la tercera: que tú también te quedas macerando y empiezas a ir a menos. Porque la rabia contenida, los pensamientos que se repiten y las conversaciones imaginarias en la ducha, consumen muchísima energía.
Así que, como diría mi abuela: que no te pisen lo fregao.
Además, cuando ponemos límites, especialmente en temas con nuestros hijos, lo primero que pasa es que ellos nos ven.
Y cuando lo hacemos bien, entienden que importan y que alguien está velando por sus límites hasta que llegue el día en que sean ellos quienes deban ponerlos.
Y, ¿sabes qué va a pasar ahí? Que sabrán hacerlo. Porque habrán aprendido de ti, claro.
Pensándolo ahora, de las situaciones complicadas que viví de pequeña, lo mejor no fue que desaparecieran. Fue ver a mis padres manejarlas.
Hoy entiendo que seguramente no siempre sería fácil para ellos.
Pero desde mi perspectiva de niña parecía que lo resolvían todo sin despeinarse.
Y eso da mucha seguridad.
Así que, cuando algo no encaja, no es aceptable o atenta contra la dignidad, hay que decirlo. Siempre.
¿Que eres alegre? Pues mandas a la mierda… alegremente.
Suavecito.
Sin alzar el tono.
Sin faltar, que no es necesario.
Sin faltar, que no es necesario.
Pero poniendo una palabra detrás de otra.
Hasta el final.
Y si hace falta, abres turno de preguntas por si han quedado dudas.
A mí esto me ha cambiado la vida. Pruébalo y me cuentas.
—
En los márgenes
Si no ves claro del todo cómo llevar a la práctica esto de decir las cosas a lo Churchill, hay una canción perfecta para este tema: “Fuck you”, de Lily Allen.
Es un tratado en Do menor de cómo mandar bien a tomar viento. Una cosa brillantísima. Te recomiendo que te pares con la letra y te des el gusto. Eso sí que son perlas para hacerse un collar.
Normalicemos, llegado el caso, decirle a alguien:
“Tu punto de vista es medieval.”
“No me atas ni los cordones.” (que es el “no me llegas a la suela del zapato”, del sur de Londres).
O “A nadie le importa tu opinión.”
“No me atas ni los cordones.” (que es el “no me llegas a la suela del zapato”, del sur de Londres).
O “A nadie le importa tu opinión.”
Y, llegado el caso también, si la situación así lo requiere, no dejes de saltar directamente al estribillo:
“Fuck you, fuck you very, very much.”
Y como, de ninguna manera, voy a mandaros un abrazo justo después de escribir esa frase, aprovecho para recomendaros la peli de Ballerina (Leap en inglés), que es la que hemos visto y comentado en el círculo Amorami al hilo de ocupar tu lugar en el mundo y de quererse muchísimo.
Además de ser una de mis pelis favoritas de la vida. Otro día os hablo de ella.
Ahora sí:
Un abrazo,
Naomi
0 comentarios